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Poder, siniestra palabra
Hoy he empezado a leer el nuevo ensayo de José Antonio Marina “La pasión del poder”. Desde hace ya mucho tiempo siempre he sentido cierta grima con esa palabreja, “poder”. Tendía a identificarla con fuerza, con razón no razonada, con imposición que le saca la lengua a los argumentos, con coacción, con ese caudillismo pendenciero y testicular de “las cosas se hacen así porque lo digo yo” o el chabacano y lacerante “porque me sale de los mismísimos”. El poder era la dominación de los demás y siempre intuía intereses mezquinos y aviesos en su sombra, manipulación y ambición, tiranía y anhelo de sojuzgar al otro. Muchas veces he alucinado cuando he visto que los mismos que sufrían ese poder soñaban con poseerlo para replicarlo. Desde que leo a Marina la siniestra palabra no lo es ya tanto. Marina la ha dotado de un halo que yo siempre le negaba. El de la posibilidad. Poder es tener y almacenar posibilidades, acceso y ampliación del reino de lo factible. La nueva acepción está relacionada con la creación y la perfección, con el esa fuerza motriz que es el afán de logro. Ya les contaré a ver qué tal la lectura del ensayo. Sólo llevo un par de páginas.
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