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La retórica

Ilustración de Max Hierro
Aristóteles fue de los primeros filósofos que prestó atención y estudió el arte de la retórica. Los sofistas lo habían hecho antes cuando advirtieron la relevancia y el impacto de la palabra a la hora de conseguir adhesiones populares y defender bien los litigios en la democrática Atenas del siglo V a.C Los sofistas descubrieron el relativismo de los valores y también que la manera de combatirlo o reafirmarlo era a través de la argumentación. Curiosamente el término sofista es muy peyorativo en la actualidad. Significa algo así como un charlatán embaucador, un experto en el arte insidioso de movilizar arteramente nuestra voluntad en la dirección que le permita e él lograr sus fines, constituirnos en mero medio de sus propósitos ocultándonos en qué consisten exactamente. Y sofisma significa una falacia construida deliberadamente para atrapar la voluntad ajena, es decir, una errónea construcción de los argumentos pero hecha con pleno conocimiento de causa. Esta visión negativa también es trasladable a la retórica, aunque en su período germinal se identificaba con el arte de movilizar a través de la razón. Ya Platón recriminaba la retórica identificándola como halago, lisonja, adulación, falsificación de la verdad.
Su discípulo Aristóteles sin embargo aseguraba que el objetivo de la retórica es persuadir o, mejor dicho, descubrir cuáles son los modos y los medios necesarios para persuadir. Afirmaba que el retórico es aquel que posee, aunque no sepa, la habilidad ante la mayoría de las personas de mostrarse más persuasivo que aquel que sabe de veras, apelando a los sentimientos y las pasiones. En el mundo contemporáneo la visión de Aristóteles ha sido desterrada. Ahora se alude a la retórica cuando se quiere señalar un discurso manipulador. Esta sospecha omnipresente de la retórica se ha ido nutriendo entre otros motivos a que como método de análisis se ha puesto al servicio de la gestión política y de la propaganda comercial. Existen expresiones coloquiales como «menos retórica» o «es muy retórico» que desenmascaran el carácter maquiavélico y a la vez dulcificador de la elocuencia para lograr derribar nuestra voluntad, a los picos de oro, a los que demuestran una abnegada solvencia en el arte de no dejar de hablar y no decir nada, a la palabrería ampulosa pero huera destinada a lograr adeptos para causas nada claras. En realidad la retórica alejada de usos taimados es teoría de la argumentación, el análisis de cómo motivar la adhesión voluntaria de alguien a través de la exposición de la palabra y la concatenación de argumentos sólidos. En sentido actual la retórica trata de manipular. La argumentación intenta influir en la voluntad del auditorio.
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