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Hablar, pero con palabras

Después de los sentidos, la palabra es la distancia más corta entre el mundo y nuestro cerebro. Sin embargo, la palabra es la reina soberana que legisla las relaciones entre nuestro cerebro y el de los demás. Es obvio que en ocasiones las palabras no guardan un significado unívoco y eso produce enredos y malentendidos, pero las posibilidades de entendernos utilizando palabras son infinitamente superiores a las de entendernos recurriendo a los gestos. La gramática del cuerpo facilita la comunicación entre personas, pero es bastante inoperante para establecer la comprensión. El lenguaje no verbal es bastante errático sin el tráfico del verbal. A los apologetas del lenguaje corporal siempre les recuerdo una lúcida reflexión del filósofo y profesor Pere Saborit incluida en su libro Vidas adosadas, con el que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo: «Si el lenguaje del cuerpo es más importante que el verbal, ¿por qué no se prefiere, mayoritariamente, el cine mudo al sonoro, o por qué las entrevistas de trabajo no se realizan en silencio?». Se le atribuye al ex presidente americano Ronald Reegan el razonamiento «uno puede saber mucho sobre el carácter de un compañero por su forma de comer gominolas». Si la deglución de gominolas nos dona información tan confidencial sobre una persona, imagínense entonces las premoniciones que podemos urdir si le preguntamos qué hace y sobre todo qué piensa. A mí me parece que auditar la personalidad de alguien simplemente observando su repertorio de gestos es una operación arriesgadísima y probablemente plagada de prejuicios. Un tópico asegura que hablando se entiende la gente. No es del todo exacto. Yo lo suelo matizar. Si no se habla, es imposible entenderse.
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