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Hablar como prevención

Muchos conflictos surgen por ausencia de información. Sobre todo los de tipo estructural, aquellos cuyo cráter está en la tibia delimitación de responsabilidades, tareas y horarios. Yo mismo he vivido y he visto cómo a gente de temperamento alegre se le iba agriando el carácter y se le convertía en peligrosamente bilioso por culpa de una mala planificación de horarios que finalmente socavaba las relaciones personales. Nadie sabía a qué atenerse porque nadie se lo había dicho. A mí me encanta repetir lo que le suplicaba Sócrates a su irascible esposa, una mujer propensa al enfado y a reclamar peticiones que se guardaba para ella sola: «Habla para que te vea». Si no hablamos, si no nos comunicamos, todo aquello que es susceptible de cambiarse y mejorar será pasto de la invisibilidad. En el libro Siete movimientos para construir una empresa innovadora (Granica, 2009) de Franc Ponti leo unas recomendaciones para propagar lo que el autor bautiza como la cultura de la conversación.
No puedo por menos de recordar aquí que Descartes aseguraba que la conversación es una fuente de conocimiento de primer nivel, sólo superada por la lectura, ese diálogo confesional que mantenemos con mentes preclaras que nos legan su conocimiento ordenado, legible y decorado de la mejor manera posible. En la cultura de la conversación, su autor propone ideas muy obvias, pero eficaces: la creación de un blog como espacio común en el que verter planteamientos creativos y análisis de la situación, habilitar lugares para encuentros de gente dispar o miembros de departamentos aparentemente ajenos, generar atractivos lugares de reunión, racionalizar horarios para que la gente disponga de tiempo para hablar. La cultura popular recuerda que «hablando se entiende la gente» (por desgracia a veces ni así), pero se le olvida añadir que hablando es la única posibilidad de que la gente sepa lo que piensa la demás gente. «Tenemos que hablar» es una consigna que provoca temblor cuando nos la sueltan. Lo ideal sería no tener que hablar porque nunca hemos callado.
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