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Favor con favor se paga

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Cuando alguien nos hace un favor, nos sentimos obligados a devolverlo

La ley de la reciprocidad indica que cuando los demás hacen algo por nosotros sentimos la necesidad de devolver el favor. Es un imperativo psicológico de persuasión de primer nivel. El acervo popular lo sabe desde hace siglos y lo ha divulgado con el célebre y muy ilustrativo «favor con favor se paga». Según la investigación es una manera de conducirse que se da en todas las culturas. Es un imperativo universal. Hace poco leí que incluso ciertos animales también exigen reciprocidad en los favores. Cuando un macho ayuda desinteresadamente a otro, espera sin embargo recibir más adelante el mismo trato, y si no lo hace, el desagradecido sufre una sanción social que cristaliza en la negativa por parte de las hembras a aceptar aparearse con él. El aparente desinterés inicial guarda siempre el anhelo de reciprocidad. Debajo de un favor germina el deseo de su devolución, tanto del que lo ha hecho como del que lo ha recibido.  De este modo aceptar un favor es asumir un endeudamiento. Muchos lo saben y deliberadamente hacen favores para pasar más tarde la correspondiente minuta. Hace unos dos mil años Cicerón ya advertía lo peligroso del favor: «No hay deber más obligatorio que la devolución de favores».

Como la frontera entre el regalo y el soborno está muy difuminada, en muchos tipificados casos está totalmente prohibido recibir regalos para evitar que el que lo efectúa se lo cobre más adelante bien con la obtención de un recurso similar al entregado o en especies. Estos días podemos leer en la prensa casos de corrupción política en los que se corrobora de forma muy transparente cómo regalar sitúa en una posición de poder al aparentemente desprendido (que además se apropia de un aura altruista) y tácitamente subyuga al que recibe el regalo.  Mucha gente se muestra refractaria a recibir regalos precisamente porque sabe de que en realidad se trata de un préstamo que hay que devolver. Si una entidad bancaria presta dinero con intereses fijados de antemano, en la lógica del regalo se obsequia sin saber con certeza de qué interés estamos hablando. Hace unos días volví a ver la película “Gracias por fumar” del director Jason Reitman. Hay una secuencia muy didáctica y jocosa. El director general de una tabacalera envía a su representante, un experto en el arte de la retórica y la argumentación, a sellar un pacto de silencio con el hombre que ha aparecido en la publicidad de la marca durante muchos años y que ahora sufre cáncer de pulmón.  Cuando el representante saca un maletín atiborrado de fajos de billetes, el hombre con cáncer pregunta si le compañía le quiere comprar la dignidad. La respuesta es antológica: «No es una oferta. Es un regalo. Queremos que sus remordimientos no le hagan hablar mal de nosotros». 

Josemi Valle

Escrito por

En la actualidad forma parte del equipo de investigación de [ENE] Escuela de Negociación. Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca. Ha trabajado en el departamento de I+D de diferentes empresas relacionadas con la formación en habilidades directivas. Coautor del ensayo «El trabajo dignifica y cien mentiras más» (LID, 2007)

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