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Sin prisa pero sin pausa
Saber escoger el instante para resolver un conflicto es primordial. Tan importante es el tiempo que se dedica a deliberar cuál es la mejor decisión que hay que tomar, como el que se utiliza para señalar el momento más propicio para llevarla a cabo. No sólo es relevante pergeñar el relato con el que intentaremos restañar la herida, también cuál es la situación más oportuna para echar allí un poquito de sal. Muchos conflictos se afilan inicialmente y luego se cronifican porque se manipulan cuando todo invita a dejarlos reposar. Saber cuándo hay que hablar deja de ser una virtud encomiable cuando uno ignora cuándo hay que callar. Lo que ahora me resulta un oprobio de dimensiones bíblicas quizá dentro de un rato se transfigure en una anécdota graciosa, pero hasta que llegue ese momento hay que saber morderse la lengua. La cultura popular ha acuñado con sumo acierto la expresión sin prisa pero sin pausa. Ni marginar el conflicto ni resolverlo en su momento más candente, donde es probable que en vez de querer subsanarlo uno se dedique a azuzarlo, a enumerar alguna represalia, o a recordar algún antiguo agravio. Todo para en vez de solucionarlo, incendiarlo. Hay que eludir episodios de ira o de enfado. Nadie acepta una solución si está enojado, o si su corazón arroja lava. Al contrario. La experiencia dictamina que cuando alguien trae a colación un conflicto en un contexto hostil, la parte a la que se le asigna la causa del conflicto señalará otros conflictos como medida de resistencia. Avivará los ánimos. Se entrará en un bucle mórbido en el que se repartan las autorías de conflictos hasta ese instante latentes. Elegir el momento determinará en gran medida la resolución del conflicto. Un buen momento es más de la mitad de una buena solución.
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