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El lenguaje no verbal en la negociación

Existe demasiada literatura que ensalza el lenguaje no verbal y lo eleva casi al rango de ciencia. Esta veneración del lenguaje no verbal se hace en la mayoría de las veces a costa de devaluar la relevancia del lenguaje verbal. Proliferan los manuales en los que se vinculan rigurosamente gestos a significados, movimientos del cuerpo a actitudes explícitas. Susurraba Octavio Paz que los cuerpos son jeroglíficos sensibles. Es cierto. No hay que ser demasiado picajoso en la interpretación de los gestos. Cada persona es un mundo y sería temerario universalizar lo que hay detrás de un gesto cuya ambivalencia sólo se puede sortear entendiendo el contexto y las palabras de nuestro interlocutor.
En el libro Vidas adosadas, finalista del Premio Anagrama de Ensayo en 2006, su autor Pere Saborit se preguntaba con ironía que «si el lenguaje del cuerpo es más importante que el verbal, ¿por qué no se prefiere, mayoritariamente, el cine mudo al sonoro, o por qué las entrevistas de trabajo no se realizan en silencio? ¿No será esto más coherente con el tópico de que nuestras manos, o la forma de ladear la cabeza, hablan más de nosotros mismos que lo que decimos o escribimos?».
Huelga decir que una mirada no vale más que mil palabras. No al menos para saber qué es lo que nos quiere decir exactamente el que nos mira. Lo que al parecer sí es inobjetable es que cuando hay contradicción entre el lenguaje verbal de una persona y su lenguaje no verbal, le concedemos primacía a lo que nos transmite su lenguaje no verbal. De poco valdría que usted dijera que está muy contento si al decirlo frunce el ceño y cruza fuertemente los brazos contra el pecho. Hay que mantener el equilibrio entre ambos lenguajes. Hable, exprésese correctamente y deje que el cuerpo se mueva cadenciosamente al son de sus palabras y de lo que significan.
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