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El entusiasmo

El entusiasmo es hacer cosas por las que a uno no le importa madrugar. Una característica del entusiasmo es la mágica volatización del tiempo. Uno se enreda con una tarea y cree que han pasado diez minutos cuando en realidad han transcurrido un par de horas. Si habitualmente las horas reptan, con el entusiasmo el tiempo vuela. Erróneamente creemos que la tarea que nos entusiasma no conlleva esfuerzo. Crasa equivocación. Ocurre que al gustarnos tanto lo que hacemos se elimina la sensación de que nos estamos esforzando, de que hay inversión y gasto de energía y tiempo. ¿Y cómo podemos entusiasmarnos con una actividad? Todos los investigadores señalan puntos cardinales muy similares. Hay que lograr que esa tarea nos guste y se nos dé bien, desafíe nuestras habilidades y las incremente paulatinamente, tengamos control sobre esa actividad, genere cierto reconocimiento por parte de los demás, no germine nunca en un entorno en el que planee la sensación de injusticia.
Como verán, al final siempre desembocamos en las tres grandes motivaciones del ser humano: poder, logro y filiación. Recuerdo un ensayo titulado así, El entusiasmo. Su autor era el filósofo francés, recientemente fallecido, Lyotard. El gobierno canadiense le encomendó una investigación sobre la salud anímica del mundo. La diagnosis era preocupante. El mundo era un lugar plagado de gente sin entusiasmo. En el célebre ensayo La conquista de la felicidad de Bertrand Russell el único secreto que esgrimía el premio Nobel para ser feliz era hacer cosas que nos separasen de nosotros mismos, de la toxicidad que destila una excesiva introspección. Olvidarse de un mismo para recordar lo que hay en derredor.
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