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Dialogar no es hablar y hablar

Igual que dos personas no riñen si una no quiere, dos personas no dialogan si una de ellas no está por la labor a pesar de que lleve un buen rato sin parar de hablar. No. Eso no es dialogar. Se dialoga cuando los argumentos de uno pueden ser transfigurados por el poder transformador de los argumentos del otro. Y a la inversa. Si no se parte de este principio fundacional del diálogo (que es el embrión del Protocolo para argumentar que en su momento comprimí en quince puntos y sin cuyo cumplimiento las teorías de la argumentación se convierten en territorio baldío), dos personas que se dirijan la palabra pueden estar platicando horas y horas, jugando una partida de ping pong dialéctico, un lúdico juego de réplicas y contrarréplicas, pero no están dialogando. Yo siempre he defendido que una buena conversación es aquella que te convierte en una persona diferente a la que eras antes de iniciarla. La creencia de que el diálogo trae adjuntada la posibilidad de mutación de nuestra inicial manera de ver las cosas requiere indefectiblemente la aceptación de un protocolo y una abierta predisposición a acoger hospitalariamente la nueva información. Recopilando. El diálogo necesita el deseo de querer entenderse y aceptar de antemano que existe una jerarquía de argumentos en la que unos son mejores que otros porque están mejor construidos y explican más nítidamente un hecho deliberativo (aquel en el que un enunciado puede ser refutado). Si no es así, habrá acción comunicativa, pero no diálogo.
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