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Conflictos y expectativas
Los conflictos encuentran uno de sus mayores yacimientos en el territorio de las expectativas. Una expectativa es la esperanza de conseguir algo ubicado en el futuro. Como todo lo que se empadrona en el porvenir pertenece al reino de la probabilidad, cualquier expectativa posee una irrenunciable tasa de incertidumbre. De no ser así no estaríamos hablando de expectativas. Hace poco he leído que el nivel de desdicha de una persona es igual al nivel de las expectativas que incuba menos el de la realidad que finalmente consigue. De aquí se colige que cuanto más alineadas estén nuestras expectativas con nuestra capacidad de culminarlas menor será el tamaño de nuestra tristeza. El conflicto, en tanto que se trata de una diferencia que provoca tensión, mana cuando la expectativa no se cumple, resultado habitual cuando la realidad se muestra excesivamente exigente o indolentemente insensible (a mí me gusta repetir que la realidad es la persona más impertinente con la que podamos cruzarnos a lo largo de toda nuestra vida). Surge así la frustración, el sentimiento que nace cuando los proyectos incardinados en nuestros deseos más arraigados quedan inconclusos e inútiles. La tolerancia a la frustración varía según la personalidad, el temperamento, el acervo cultural de las personas, pero la aparición de cierta dosis de frustración siempre trae adjuntada tristeza, abatimiento, apatía, abulia, (incluso la frustración crónica guarda en germen actitudes violentas), emociones que taponan nuestras opciones de ser felices. Saber gestionar nuestras expectativas es primordial para eludir conflictos, dilemas (conflictos interiores en los que colisionan valores e intereses), frustración y amargura. Los cuatro jinetes para el Apocalipsis de la felicidad.
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