Negociaccion :: el blog de la negociación » Mercado de ideas » Cadenas esquismogenéticas
Cadenas esquismogenéticas

No sé si han oído hablar de las cadenas esquismogenéticas. Puede resultar un término inicialmente difícil y esquivo, pero tiene mucho que ver con los conflictos, sobre todo con aquellos que se cronifican y persiguen su resolución en acciones violentas. El término esquismogénesis o cismagénesis lo acuñó el antropólogo Gregory Bateson (1904-1980). Define el origen de cismas y conflictos que desembocan en escaladas de hostilidad. Los eslabones de las cadenas esquismogenéticas se van anudando cuando respondemos a nuestro agresor con la misma animosidad que la que él empleó con nosotros, sólo que ligeramente incrementada bajo la excusa de haber sido previamente atacados. Luego él vuelve a replicarnos en clara reciprocidad a nuestra anterior contestación, y así sucesivamente. Evidentemente la agresión puede exteriorizarse en cualquier manifestación desagradable de las infinitas que guarda la violencia, pero también puede solidificarse en provocar intencionadamente diferentes fracciones de daño no físico, táctica habitual en conflictos domésticos y laborales de poco pedigrí. El dispositivo es muy llano. Si me han hecho algo que me ha fastidiado, esa persona se va a enterar y le voy a hacer lo mismo, pero un poco más. Los antagonistas se introducen en un círculo vicioso que exige en cada vuelta más y sofisticada hostilidad, un frenesí mayor que su antecedente.
Es palmario que la espiral de la cadena esquismogenética es de una voracidad letal. En conflictos protagonizados por la violencia suele desembocar en la destrucción de uno de los actores y en el debilitamiento severo del otro. Las cadenas esquismogenéticas se alimentan de la humillación, el odio y la necesidad imperiosa de resarcirse. El lenguaje vulgar explica este mecanismo con la expresión dar jarabe de su misma medicina, pero aumentado la dosis. Es fácil fantasear a dónde conduce este estúpido bucle. Desgraciadamente que sea estúpido no significa que sea inusitado. Muchos Estados con millones de habitantes son rehenes de estas cadenas esquismogenéticas. Abren la caja de Pandora e inauguran la confrontación bélica, un combate que gane quien gane siempre solicita ser vengado, y por lo tanto en su aparente final lleva intrínseca su reproducción aunque cada vez más beligerante. La retórica coloquial ha acuñado una feliz expresión que lo resume sin rodeos: «la violencia engendra violencia».
Yo iría más lejos. Como las cadenas esquismogenéticas no necesariamente se nutren de comportamientos violentos (se puede amargar la vida de la gente con extrema e incruenta facilidad), creo que se podría afirmar que en realidad una solución injusta engendra en quien la sufre un futuro comportamiento injusto. La indignación y la ira de una persona justifican su conducta malévola apelando a la iniquidad que empleó con ella el ahora destinatario, como si un mal eximiera de su maldad a otro mal. Es la inmediatez visceral y por tanto irracional de la ley de Talión. El ojo por ojo, diente por diente, lejos de resolver un conflicto lo enquista, lo infecta de podredumbre y lo entrega a la dialéctica inacabable de víctima y verdugo. La manera de evitar pagar con la misma moneda y por lo tanto perpetuar la cadena esquismogenética es combatir los conflictos con la ética, la ley y la justicia. Ante un conflicto hay que activar estos protocolos sociales y sus correspondientes penalizaciones que nos hemos dado las personas para alcanzar la convivencia pacífica. La costumbre ha dotado de invisibilidad un hecho prodigioso que se repite todas las mañanas. Que abracemos cada nuevo amanecer sin demasiados sobresaltos para seguir vivos. Que la tranquilidad sea el paisaje que vemos nada más abrir los ojos.
Archivado en: Mercado de ideas · Etiquetas: conflicto, hostilidad










Cada vez que leo artículos como éste, me convenzo más de la necesidad de que en ciertas negociaciones, aquellas en las que hay un componente emocional fuerte, las partes sean asistidas por un psicólogo o que en su preparación, se hayan hecho aconsejar.
Y no me refiero al mediador o conciliador (que no hace el papel aunque lo sea, de psicólogo).
Y si las partes no se encuentran en una situación de equilibrio de poder, pues mejor que no se sienten aun a negociar.
Definitivamente como se lee en el artículo y se nos ha dicho toda la vida: “la violencia engendra violencia”.