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Conflictos de intensidad baja

Las teorías del conflicto matizan con sumo cuidado las bondades de las divergencias, su carácter inherente en las interacciones, su condición de elemento protagonista en la convivencia tanto doméstica como social. La cultura popular ha convertido esta matizable idea en una consigna que pregona sin puntualización alguna que es bueno tener conflictos. A fuerza de repetirse acríticamente se ha convertido en un axioma. No es exactamente así. No es bueno tener conflictos, pero sí es muy útil tener conflictos que nos hagan mejorar. Un nivel óptimo de disentimiento y desacuerdo estimula la autocrítica y la creatividad entre las partes. Impide el conformismo, la petrificación de la complacencia, la existencia incontrolada de puntos ciegos, testea situaciones de cambio, promueve vectores de progreso, investiga versiones mejoradas de nosotros mismos. Sin embargo, si el conflicto es de una magnitud considerable puede deteriorar la relación, agrietar la convivencia, enquistarse y cronificarse, provocar seísmos emocionales, pasar de ser fuente de soluciones compartidas a soluciones de competencia que desmejoren la situación del opositor y por extensión la nuestra. Es bueno tener conflictos de baja intensidad. No es aconsejable tenerlos de alta intensidad. Es muy peligroso padecerlos asiduamente.
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