Nos explicamos con palabras

Escrito por Josemi Valle, el 08-02-2010

Etiquetas : comunicación

Nos comunicamos de diversas maneras, pero nos explicamos ante todo con palabras

No sé si se debe a una devaluación del lenguaje en favor de la imagen, la depreciación del verbo en el e-mundo, la derrota del pensamiento en manos del eslogan y la consigna, pero cada vez se escucha con más frecuencia el quejumbroso «sé lo que siento, pero no sé cómo explicarlo». Coordinadores de convivencia aseguran que los alumnos de secundaria naufragan a la hora de exteriorizar su mundo interior, pero creo que ese naufragio también aqueja a la población adulta. ¿Se puede saber lo que se siente cuando es innominado, cuando no tenemos palabras que nos ayuden a acotar y organizar los límites de ese cúmulo de sensaciones,  a apresar el nomadismo de la percepción, a ordenar el itinerario de lo caótico? No podemos saber lo que sentimos si no sabemos explicarlo. Así que ese popular latiguillo tendría que voltearse y afirmar lo contrario: «no sé lo que siento porque no sé explicarlo».

 

Uno de los elementos más valiosos de las novelas es precisamente descubrir cómo su autor, ejerciendo de testaferro de sus personajes, logra cifrar con palabras sus estados interiores. Entonces aseveramos para nuestros adentros mientras perseguimos líneas: «así me sentí yo aquella vez», o «esto fue lo que me ocurrió y no sabía expresar». El novelista da cobertura nominal a sensaciones que hemos experimentado pero que no hemos sabido colocar en las palabras adecuadas. Los sentimientos, que son el balance que mide la implantación de nuestros deseos en la realidad,  abandonan su condición etérea y volátil cuando los encapsulamos en un significado. Esa proeza sólo es posible gracias a las palabras.  Las palabras son la reencarnación del pensamiento, las que posibilitan la metamorfosis en la que el mundo como enigma se transfigura en escenario inteligible. 

 

Resulta muy didáctico comprobar cómo la gran mayoría de los conflictos y el entorpecimiento de las negociaciones encuentran su etiología en la incomunicación y en los diferentes grados de analfabetismo emocional. Son dos procesos distintos, pero en muchos casos van de la mano. No sólo no nos comunicamos, no sólo nos mostramos reticentes a establecer flujos comunicativos, sino que cuando lo hacemos lo hacemos mal porque entre lo que queremos decir y lo que decimos se cuelan abismales espacios abiertos que animan a la interpretación y al malentendido. Yo siempre explico que escribir es ordenar el caos que revolotea en nuestra cabeza, que muchas veces uno no sabe lo que piensa hasta que no lee lo que ha escrito, y esa tarea de ordenación conlleva un ímprobo esfuerzo. Cuando hablamos ocurre exactamente lo mismo, si bien el grado de desorden que nos podemos permitir para que los demás nos entiendan es mayor en tanto que se puede suplir o amortiguar con la gramática de los gestos y el paralenguaje. El mundo se vuelve más dócil y la realidad un perrito de lana cuando lo etiquetamos en palabras. Una palabra bien empleada es la detonación de la exactitud. Una alfombra roja para que  desfile la opción de entendernos mejor con todos. Incluidos nosotros mismos.

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