Las actividades extraescolares dan mucho de sí. No es la primera vez que observo a mi alrededor algún episodio cotidiano que, en el transcurso de la espera, me sirve para matar el tiempo con alguna reflexión.
En el caso que ocupó mi tiempo hace unos días, pude observar el duelo de titanes que mantuvieron padre e hija durante algunos insoportables minutos ante la mirada atónita de una audiencia entregada a los placeres de la espera extraescolar.
En el transcurso de la espera de una actividad extraescolar, me encontraba frente a una madre y su hija donde la primera trataba de explicar el principio de reciprocidad a su hija, de unos cuatro años de edad.
El discurso maternal venía motivado a raíz de la conducta algo embarazosa, para la madre, de la niña al no compartir algún juguete con una de sus amiguitas cuando lo socialmente aceptado, lo que esperaba la madre, debió haber sido lo contrario. Las frases que conseguí captar eran del todo familiares, ¿a quien no le ha caído alguna vez semejante sermón?, del tipo: “hay que compartir”, “si tú quieres que te den algo tienes que dar algo primero” o “si quieres que sea tu amiga tú tienes que ser primero su amiga”.
Hace pocos años tuvimos la ocasión de disfrutar de la película hispano-argentina “No sos vos, soy yo”, con un argumento plagado de conflictos internos y externos, rupturas de pareja de por medio y la pregunta eterna del “¿qué quiero hacer con mi vida?” en boca de los protagonistas.
La película toma como título la tradicional fórmula utilizada para romper por parejas de medio mundo (el otro medio mundo utiliza la fórmula inversa en forma de “no soy yo, eres tú”, con resultados mucho más catastróficos) y nos sirve como un buen punto de partida para profundizar en las negociaciones más íntimas.
No es que me guste prestar atención a las conversaciones ajenas. Es que, a veces, no tienes más remedio que escuchar. Y corres el riesgo de que se convierta en una muy particular afición.
La semana pasada, después de dejar a mi hija en el cole en su último día antes de las vacaciones navideñas, con el primer café en un bar cercano tuve ocasión de comprobar esa manía que muchos tenemos de airear nuestra vida privada en cualquier sitio público.
El caso es que una pareja se encontraba discutiendo por algo familiar en estas fechas. La discusión resumida sonaba a algo así...
Por fin sábado. Un sábado sin mayores pretensiones que dormir algo más de lo habitual, sobre todo después de una semana de viajes y cursos. Un día perfecto para olvidarme de conflictos, negociaciones y demás historias.
Sábado, ocho de la mañana. Oigo la puerta de la habitación con su sonido característico de "puerta necesitada de 3 en 1". Alguien se acerca pero no me atrevo ni a abrir los ojos. No me atrevo porque ya imagino por dónde van a ir los tiros. No estoy para nadie.
"Papi, papi, despierta..." oigo una voz que apenas reconozco, seguida de un cada vez más insistente empujón. "Papi, papi... tengo algo que decirte, despierta". Creo que mis intentos de hacerme el muerto no tendrán mucho éxito este sábado. Abro un ojo. "¿Qué quieres a estas horas? ¿No puedes contármelo luego?".
"No, imposible. Tiene que ser ahora. Ahora mismo. Ya." Por el tono debe ser importante. Abro el otro ojo (y cierro el compañero). "Cuéntame".