Veo en una calle de Berlín este pintoresco cartel. Ilustra una de las definiciones canónicas de creatividad: combinación original de atributos extraídos de lugares dispares para alumbrar algo inédito. El cartel anuncia la Bundesliga, la liga de fútbol alemana, y lo hace utilizando la portada de uno de los discos más célebres de la historia de la música popular, el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts club Band de The Beatles. En el centro de la imagen se han sustituido las caras de los miembros del cuarteto por las de Van Gaal, Özil (fichado hace unos días por el Real Madrid), Robben y Ballack. El resto de personas son futbolistas de la Bundesliga, en vez de celebridades mundiales, como en la portada original del disco. Los mecanismos más básicos de la creatividad requieren investigar la realidad, imaginarla de forma poco previsible. Ocurre lo mismo en una negociación. Hay que intentar ser creativo en las soluciones que permitan un acuerdo. No enquistarse en una solución que eclipse todas las demás.
La creatividad consiste en combinar atributos provenientes de lugares dispares para crear deliberadamente algo que con anterioridad no existía. Mirar las cosas de un modo desacostumbrado e inédito para lograr establecer asociaciones sorprendentes que desemboquen en la aparición de algo nuevo y distinto. Algo que zarandee nuestra atención. En negociación se suele citar frecuentemente la importancia de rastrear creativamente opciones que satisfagan los intereses de las partes que intercambian ideas, decisiones o recursos. No anclarse en una opción. Otear posibilidades. No empecinarse tozudamente en una dirección que nos impida ver otras igualmente válidas que pueden asimismo interesar a la otra parte. Rastrear información y conjugarla de una manera que satirice lo obvio, haga una pira con lo convencional y permita la fabricación de ocurrencias con ese fuego liberador. Ser creativo no implica ser un inventor. Sólo generar combinaciones no demasiado trilladas. No es difícil, aunque desgraciadamente no es habitual.
Últimamente se tiende a revalorizar el desprestigiado papel de la memoria en nuestras vidas. Hasta hace poco la memoria vivía una época de descrédito. El sistema educativo la había arrinconado aduciendo que era más importante comprender que memorizar. Esa distinción erróneamente excluyente eximía al raciocinio de la tarea de recordar y abría la quimérica posibilidad de que el entendimiento pudiera hurgar en algo que no hubiese sedimentado en la cabeza. Cuando uno razona y trata de hacer comprensible un enunciado expone argumentos avalados por la experiencia, la autoridad, la analogía y los presupuestos comunes, un catálogo de referentes que sólo se puede utilizar si se tiene presente. Mucha gente empadronada en el mundo digital (el e-mundo) detracta la utilización de la memoria y su consecuente entrenamiento. Esgrimen un argumento endeble: «En Internet está todo, así que paso de memorizar nada, me basta con Google». Si uno memoriza poca información, condena a su cerebro a cruzarse de brazos. Si no recordamos la información y por tanto no sumamos patrimonio a nuestro acervo es imposible que establezcamos nuevas conexiones, asociaciones de ideas, combinación de elementos, fermentación de saberes. O sea, quedamos invalidamos para la creatividad, la fabricación de conocimiento, comprensión de contextos, producción de ocurrencias. La inteligencia se queda sin material que manipular para interpretar la realidad, ordenarla, anticiparla, redondearla.
Ando estos días pensando sobre cómo es posible que entornos con parámetros propicios para que la creatividad borbotee sean sin embargo lugares yermos y desabridos. Es obvio que hay un déficit de negociación, que el creativo y el gestor no se han puesto de acuerdo para establecer cauces que permitan que una idea cristalice y se convierta en tangible. La creatividad consiste en hacer existir algo que previamente no existía. Sus mecanismos más básicos se basan en leer el mundo de un modo distinto y combinar de manera original atributos extraídos de lugares dispares para alumbrar algo nuevo e inédito. La creación requiere investigar la realidad, imaginarla de forma poco previsible, emanciparse del conformismo de lo habitual, sortear el alambre de espino de lo obvio, asumir enfoques disidentes sin temor a ser tildado de loco o tonto. El imaginario social cree que las ideas germinan porque sí, porque un buen día a alguien se le ocurrió algo admirable repentinamente, sin necesidad de un contexto. Gigantesco error. La creatividad requiere un ecosistema singular que si bien no certifica la generación de ideas, sí erradica la jauría de factores que impiden claramente que uno las tenga.
En creatividad se suele diagnosticar que la persona creativa es muy perseverante. Sabe que la idea adecuada puede tardar en aparecer, y mientras tanto su tiempo es aparentemente baldío, estéril, un desierto tortuoso que hay que cruzar. Así que persevera con denuedo. Pero con un matiz que lo cambia todo. El creativo eficaz insiste en la búsqueda de soluciones al problema, no se empeña en una sola solución. Sabe que obsesionarse en una sola solución puede taponar todas las demás posibles soluciones. Su meta es acabar con el problema, no defender una solución de manera contumaz. Además no teme la irrupción de nuevos problemas. Un problema puede hacerle llegar a una solución previamente impensable.
Por el contrario, la gente poco creativa es muy rígida y terca. Se encastilla en la búsqueda recalcitrante de una solución. Cae en una temible trampa abstrusa, en el bucle insalvable del gasto desperdiciado. Ha gastado tanta energía y tiempo en recorrer una dirección que no está dispuesto a capitular para empezar por otro lado. Así que se obstina en seguir avanzando por el camino inicial. Esta pobre manera de funcionar es extrapolable a una mesa de negociación formada por actores poco hábiles. Del mismo modo que en procesos creativos la persona inflexible se obceca con el hallazgo de una solución en vez de probar a abrir un nuevo problema, en negociaciones rígidas uno se empecina en una posición en vez de explorar los intereses intercambiables. Le pasa lo que al creativo tozudo. Se pierde todas las soluciones que revolotean a su alrededor.
Como les decía hace varios post estoy elaborando un manual sobre Trabajo en Equipo y la importancia de la negociación para aprovechar todo el talento de sus integrantes. Aunque cada vez percibo de un modo más epidérmico que todo está superpuesto en todo, resulta difícil para la investigación no trocear la realidad, no fragmentarla, no dividirla para su examen. En la vivisección de hoy me he dedicado a responder al interrogante de si se puede ayudar a un equipo a ser más creativo...
La endogamia es la relación entre individuos de una misma raza, que conduce a una descendencia cada vez más homogénea. Se da mucho en entornos laborales muy cerrados en los que uno se relaciona de forma permanente con gente exactamente igual que él. Al final todos acaban pensando lo mismo, haciendo cosas semejantes, percibiendo el mundo con ojos similares. Hay lugares de trabajo formados por gente que parece el resultado de un proceso seriado.
Para que la creatividad aflore es necesario que cooperen disciplinas y personas diferentes. Hay que practicar zapping intelectual. Picotear de un lado y otro. Saltar de disciplina en disciplina como una ardilla de rama en rama. Todo en busca de una idea nueva, una manera de combinar atributos diferentes, una forma desacostumbrada de leer la realidad: un tulipán rojo en medio de una extensión repleta de tulipanes amarillos.
Un alto directivo solía presumir de colocar a su lado a gente con valentía suficiente como para decirle cosas que en otras corporaciones les costarían el puesto. La figura del abogado del diablo es perfecta para sacudir esos entornos cloroformizados por un hiperliderazgo. También en aquellos ecosistemas laborales presididos por un pensamiento grupal. O en lugares terriblemente endogámicos que convierten la inicial visión panorámica que poseían a título individual sus miembros en una visión en túnel cuando conviven largo tiempo con personas afines en preparación académica, intereses, competencias y tareas.
Tener a alguien que ejerza de abogado del diablo en la preparación de una negociación es tener un tesoro. La disensión es fundamental para crecer, para enfrentarnos críticamente a la realidad, para no dar nada por sentado, para tomar decisiones acertadas, para dejar que la duda se erija en la reina de todos nuestros enunciados. El abogado del diablo verá cosas que nosotros no vemos, cuestionará axiomas que nos resultaban de una obviedad aplastante, demolerá dogmas, acercará ideas, refutará verdades, nos señalará como personas falibles. Reforzará nuestros argumentos después de haberlos zarandeado y haber podado aquellos que se antojaban contraproducentes. Nos convertirá en una versión mejorada de nosotros mismos
¿Las ideas dan dinero o es el dinero el que da las ideas?
Sospecho que es una pregunta con trampa. Tener unas buenas condiciones ayuda a la generación de ideas. Dinero e ideas son elementos yuxtapuestos. Es probable que sin dinero surjan algunas ideas, pero también es muy factible que esas mismas ideas se multipliquen si hay un sustento garantizado que ayude a que una persona pueda dedicarse a fabricarlas sin la angustia que supone no tener blindada la supervivencia.
Se dice coloquialmente que «el hambre agudiza el ingenio», pero yo creo que el hambre lo único que te agudiza es el mal aspecto.