Del futuro sabemos algunas cosas, pero la más aplastante de todas es que siempre está por delante de nosotros por mucho empeño que pongamos en que suceda lo contrario. Probablemente empujados por esa descorazonadora certeza hemos inventado la forma verbal del futuro, una herramienta sublime que nos facilita operaciones tan fantásticas como que una realidad inexistente se transforme en un paisaje visible y evaluable para nuestro cerebro. El futuro perfecto o imperfecto nos permite concebir como posible lo que aún no existe. Los seres humanos poseemos una inquebrantable tenacidad para producir ocurrencias que empadronamos lejos del perímetro acordonado del aquí y ahora. Es una maniobra alucinante que corrobora a la vez la antiquísima certeza de que a la inteligencia la realidad siempre se le queda pequeña. Francisco Rubia en su ensayo Qué sabes de tu cerebro afirma que «los cerebros serían máquinas de predicción que utilizan la información recogida en experiencias pasadas para predecir aquellos sucesos futuros que son relevantes para la supervivencia». A veces esa operación se nos va de las manos y construimos expectativas que mantienen una asintonía total con nuestras posibilidades. Llamamos iluso al que imagina un futuro cuya paternidad es imposible que corresponda a su presente.
Esta mañana he estado releyendo un manual de Comunicación persuasiva que escribí hace unos meses. Resulta alucinante comprobar cómo los seres humanos somos tan predecibles, cómo funcionamos al dictado de unas pautas que nos permiten anticipar nuestra conducta y la de los demás. Esta predicción supone un gigantesco ahorro de energía en tanto que reducimos sobremanera la densidad de incertidumbre. Me ha hecho especial gracia una estratagema avalada por una ley de persuasión. Consiste en depositar en alguien una virtud para convertir a ese alguien en un virtuoso. Su base larvada es el compromiso. Explicaré esta maniobra persuasiva de un modo más cristalino.
Pregunta del día. ¿Cómo sabemos si estamos actuando éticamente en una negociación, en un conflicto, o en nuestra inevitable convivencia con los demás? Existe un baremo incontestable para saberlo. Una norma, una regla, una conducta, es éticamente válida si lo que prescribe se puede universalizar. Dicho sin jerga filosófica. Un comportamiento es ético si lo puede llevar a cabo todo el mundo sin que se deteriore la convivencia. Normalmente el comportamiento reprobable se nutre de lo contrario. Necesita que todo el mundo respete la norma para poderla incumplir y sacar beneficio de su vulneración. Esta última forma de actuar me recuerda una de las máximas más cínicas que conozco: «Haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga».
¿En una negociación podemos aplicar la universalización de la norma para saber si nuestra conducta es éticamente plausible? Una negociación es un territorio acotado en el que todos los que se sientan a negociar saben cuál es el objetivo. Alcanzar un acuerdo. Ese fin no justifica los medios, por supuesto, pero lo que sí saben todos los actores participantes es que hay ciertos medios que se establecen como reglas para alcanzar ese fin. El farol, por ejemplo, es una de ellas. Es una norma aceptada por todos en el juego de la negociación. Resumiendo. En una negociación hay normas que sacadas fuera de ella sí serían dudosamente éticas, pero que en la mesa son aceptadas por todos y por tanto su uso es válido.