He escrito muchas veces que el silencio es un argumento que no se puede rebatir. Su refutación al menos no es posible en tiempo real. Puedes recriminar que alguien no diga nada, pero no el contenido de su silente intervención. El silencio resulta irrefutable, pero también elude la siempre desagradable circunstancia de tener que retractarse de lo que uno ha dicho. Shakespeare lo explicaba muy bien cuando aconsejaba que es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras. Recuerdo a una persona especialmente brillante en el arte de atrincherarse en silencios que me convirtió en una persona especialmente brillante en el arte de desmontarlos. Cada vez que se amurallaba numantinamente en el silencio, yo le preguntaba: ¿tu silencio significa que…? Y a continuación añadía una suposición que le obligaba a contestarme. Este juego dialéctico alcanzó categoría de liturgia cada vez que tratábamos un asunto relevante.
Todo esto viene a colación porque efectivamente el silencio es irrefutable al menos cuando se hace corpóreo en mitad de un diálogo, pero si guardar silencio equivale a la omisión de información sustancial sí puede ser un argumento con el que más adelante nos puedan descalificar o sancionar. Un silencio puede ocultar información, omitirla, tergiversarla, empujar a que la otra parte interprete la realidad erróneamente. Sería injusto no agregar que también hay silencios ilustrativos, terriblemente locuaces que hacen que añadir algo sea una ofensiva redundancia. Un silencio ofrece mucha información valiosa siempre y cuando uno la sepa encontrar, lo que desgraciadamente no siempre ocurre. Hace millones de años inventamos el lenguaje para entre otras cosas poder explicarnos y empequeñecer la intervención de malentendidos en la acción comunicativa. Cuando el silencio está más cerca del equívoco que del esclarecimiento, conviene salir de él. Es muy fácil. Basta con que por nuestra garganta trepen las palabras y salgan a la vida por nuestra boca.