La reputación es la idea que los demás tienen de nosotros. Algunos autores la definen como «la manera en que otras personas recuerdan sus experiencias anteriores con nosotros». Sería algo así como la estela flotante que dejamos en la memoria de aquellos con quienes nos hemos relacionado y que condicionará nuestros encuentros futuros. La reputación es un vector de geometría variable en tanto que nuestra vinculación con los demás permuta sobremanera, tanto en inversión de tiempo como en calidad. Podemos tener por tanto muchos tipos de reputación, y no necesariamente siempre buena, ni tampoco siempre mala. Como en multitud de ocasiones nuestra interacción con otros se reduce a momentos puntuales y efímeros, ocurre en muchos paradójicos casos que la reputación se erige así en lo que piensa de nosotros la gente que no nos conoce de nada. Existen estrategías sociales para evitar estas erráticas impresiones.
Muchas veces nos catalogan por un hecho aislado de nulo impacto para nosotros, pero que deviene en el evento básico sobre el que se sustenta la idea que alguien se ha configurado de nosotros. Para eludir estas distorsiones y una catalogación injusta invertimos cantidades notables de tiempo y esfuerzo para que los demás nos vean lo más aproximados a cómo creemos que somos. Una de las maneras más rápidas y fiables de regular la percepción que los demás se hacen de nosotros es a través del estatus social, esa cotización honorífica lograda en la depredación social. El estatus es una inmediata tarjeta de visita que se afana en que los demás tengan una idea de nosotros acorde a lo que somos. También ocurre al patético revés. Hay gente que emplea tantas horas al día en parecer lo que no es que no tiene tiempo para otra cosa.