|

He empezado a leer el ensayo La sabiduría de la tortuga (Editorial Almuzara) del profesor de Ciencias Económicas y Empresariales José Luis Trechera. Se trata de un trabajo que exhorta a la calma, a tomarnos las cosas con más tranquilidad, a vivir sin la obligación de ir sin resuello y con la lengua fuera. No es un tema baladí en un momento en que no tener tiempo para nada alcanza ya el rango de pandemia. Afortunadamente empiezan a florecer colectivos para prevenirnos de esta enfermedad. Existe el movimiento Slow que reivindica la benevolencia de la pausa. Su lema nos recuerda con irrefutable lucidez que «la prisa nos hace pasar por la piel de las cosas». Cierto. La aceleración progresiva de la vida nos expropia de la vida, nos arrebata el único tesoro importante que podemos disfrutar. La celeridad, el canibalismo tecnológico, la depredación social, la competencia de una masificación de estímulos beligerando por captar nuestra atención, la necesidad de generarnos una identidad cotizada a través del omnívoro trabajo, las exigencias cada vez más caprichosas de la felicidad, la fragilidad de los vínculos, nos hacen dialogar con nuestro alrededor de un modo epidérmico, bulímico, sin inversión emocional.
Vivimos haciendo zapping. Pasamos convulsamente de un lado a otro. No invertimos la cuota mínima de tiempo exigible para que la información se sedimente en nuestra memoria y se incorpore a nuestra biografía emocional. Cierto que muchos individuos utilizan la sobreexplotación del tiempo remunerado como estupefaciente personal, ansiolítico para derogar cuestiones más relevantes. Pero ese es otro asunto. El autor de La Sabiduría de la tortuga cifra en cuatro las consecuencias de vivir con la sensación de que las agujas del reloj se han desbocado y uno no dispone de tiempo para nada: sufrimos la enfermedad de la prisa, la peligrosa adicción al trabajo, el mordisco del estrés, nos invade el síndrome de burnout y podemos pertrecharnos de un narcisismo estulto. En la vida cotidiana solemos reclamar cierto falso sosiego cuando soltamos a alguien del que necesitamos su colaboración el archiconocido «sin prisa pero sin pausa», consigna que a mí me gusta voltear en un postulado más efectivo y también más relajado «con prisas pero con pausas». También suelo recomendar a la gente más cercana el sofisticado «trabaja pero descansa». Lo relevante no es la celeridad o lentitud con que desempeñamos el hecho de vivir, sino la capacidad de paladear el contenido de lo que nos hace estar vivos, la propiedad más relevante de nuestro patrimonio. Me temo que la velocidad no casa bien con el disfrute. Demos tiempo al tiempo. A ver qué pasa. |