| Escrito por Josemi Valle,
el 02-06-2010
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Etiquetas : miedo |

Nuestro cerebro se lleva muy mal con la incertidumbre. No saber con certeza lo que va a ocurrir le irrita sobremanera, le provoca descargas de miedo, lo mantiene en un agotador estado de alerta. Aunque no seamos muy conscientes de ello, la mayoría de nuestras acciones están destinadas a lograr seguridad, es decir, fortalecer el ecosistema en el que nos encontramos y hacerlo predecible en aras de una mayor habitabilidad, amortiguar el impacto del azar en nuestras vidas, auscultar posibilidades y fabricar realidades para lograr en la medida de lo posible que el futuro hacia el que nos dirigimos sea un lugar en el que sepamos qué circunstancias vamos a encontrarnos. Basta con escarbar un poco para advertir que debajo de nuestros actos se agazapa el deseo de certidumbre. Una de las funciones más benefactoras de la rutina es precisamente la de ofrecer escenarios familiares regulados por horarios programados anticipadamente que desembocan en episodios predecibles o con minúsculas cuotas de incertidumbre. La rutina es el paraíso de los procesos automatizados, esos procesos que apenas suponen deterioro energético puesto que la repetición de un acto logra la proeza de evaporar el esfuerzo de ejecutarlo. Normal que el cerebro anhele las áreas de rutina, a pesar de que en el discurso coloquial dedicarle palabras encomiásticas a la rutina se considere erróneamente una herejía o una loa a la petrificación.
Existe un aforismo muy hermoso del filósofo y escritor Rafael Argullol en el que advierte que «lo inesperado acaece a cada instante». Esa tasa de incertidumbre que mordisquea todos los acontecimientos nos da cierta vida al estimular los neurotransmisores (y permite que existan estudios, tratados, cursos, talleres, dedicados a la sabia gestión de la incertidumbre). Es cierto que el cerebro tolera mal lo imprevisto, el advenimiento de imponderables que lo desconciertan y le obligan a reorganizar el escenario con el impacto de la nueva eventualidad, pero bosteza y haraganea cuando todo es plomizamente predecible, cuando la información que absorbe a su alrededor no le provoca ni el más leve indicio de posible crisis o desbarajuste inicial como prefacio de todo crecimiento. Algunos científicos han llegado a la conclusión de que la felicidad es la ausencia de miedo, la carestía total de peligro real o imaginario acechando nuestra tranquilidad. Precisamente la disipación del miedo, o la reducción de su intensidad a través de la minimización de incertidumbre, en el repertorio de nuestras emociones primordiales permite que podamos invertir cantidades superiores de energía y tiempo en afinar otras competencias, sobre todo las destinadas a controlar nuestro alrededor, perfeccionar la habilidad en las tareas remuneradas y en las ejecutadas por la mera recompensa del placer, y lograr una rica frondosidad social. Resumiendo. La tranquilidad que trae adosada la certidumbre nos permite dedicarnos a la grata labor de ampliar posibilidades, que a su vez pone en peligro nuestro equilibrio provocándonos miedo y acuchillando nuestra tranquilidad. Así nos movemos en un bucle infinito. No nos movemos realmente. Ese bucle somos nosotros. |