Si se estruja bien, todo conflicto nos acaba situando delante de un dilema o una disputa. La disputa es una diferencia que se establece con otro y cuya resolución necesita por tanto el diálogo con esa persona. El dilema surge en uno mismo, cuando en las entrañas dos fuerzas bien arraigadas y de similar energía tiran en direcciones opuestas. Atracción y repulsión pugnando en el cuadrilátero en que se convierte nuestro cerebro. La erradicación del dilema requiere del monólogo, de la conversación íntima de yo y yo. Los dilemas intensos suelen ser muy desestabilizadores. Uno de los favores que más deberíamos solicitar a la vida es que no nos ponga en ninguna situación controvertida e invalide a la persona que siempre hemos creído que éramos. Vayamos al tuétano del asunto.
El dilema irrumpe con toda su fuerza cuando el beneficio que conllevaría ejecutar una acción choca frontalmente con alguna de nuestras convicciones. Hemos hablado aquí millones de veces de la disonancia cognitiva, cómo mutamos nuestra conducta o la interpretación de nuestras ideas para que comportamiento y raciocinio alcancen una armonía que nos haga sentir bien. El dilema es justo lo contrario. Se trata de una situación de desasosiego en la que elegir una opción quebrantará algún precepto de nuestra tabla de valores, pero no elegirla nos hará perder una oportunidad en la amplificación de nuestras posibilidades. ¿Qué hacer si el destino nos pone en un escenario así, si el azar nos confronta con la fidelidad o la laxitud de nuestras convicciones? ¿Apelar al pragmatismo puro y duro? ¿Impedir que la ética entorpezca nuestros pasos y por tanto expurgar la situación de toda consideración moralista y consagrarnos a la ocasión de mejora que nos brinda el destino? ¿Ser digno? ¿Mantener lealtad a nuestros principios, erigirnos en centinelas de la ética de la convicción, y no dejarnos seducir por el canto de sirenas de oportunidades que para aprovecharlas exigen expeler de nuestro catálogo de valores alguno de los que consideramos inquebrantable? ¿Autoconvencernos de que los preceptos poseen la flexibilidad nómada de la geometría variable y casar simétricamente nuestra conducta en imperativos menos rígidos en aras de nuestra promoción? ¿Monologar con nosotros mismos para disuadirnos de que el asunto no es para tanto, que hemos exagerado nuestra tribulación, que lo importante es el resultado y no el proceso que nos lleve a él, que no hay que ponerse melodramático y pelillos a la mar? El dilema en sí mismo es un dilema. No es un juego de palabras. Es un precipicio.