| Escrito por Josemi Valle,
el 10-12-2009
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Etiquetas : comunicación |
Últimamente afloran muchos libros dedicados al apasionante tema de la persuasión, el arte que consiste en que la voluntad del otro tome una dirección que me beneficie a mí. Hay una sobrepuja de tratados versados en algo tan magnético y tan mágico como lograr que otra persona se adhiera a mis ideas. Acabo de leer La persuasión, el arte de influir en las personas (Pirámide, 2009) de James Borg. Se trata de un ensayo confeccionado con tono ameno, plagado de anécdotas, cierta puntual hilaridad y un irrenunciable sentido práctico. No es un ensayo sesudo, pero tampoco un libro banal de autoayuda para leer en aeropuertos. No.
Aunque el título de la obra aluda a la persuasión, en realidad el objeto de estudio se centra más en la comunicación. Es obvio que se trata de una comunicación cuyo interés no es otro que lograr influenciar a la otra persona, hacerle pasar gracias a mis palabras de un punto A a un punto B que me favorezca. James Borg es psicólogo laboral y consultor empresarial y todos los copiosos ejemplos con los que avala sus tesis provienen de ese campo. También la permanente idea de que saber persuadir es una tarea casi obligatoria si queremos que nos presten atención en un mundo hipertrofiado en el que todo se volatiliza vertiginosamente. James Borg expone todo su catálogo con entusiasmo, fe ciega en la comunicación como antesala de cualquier alianza, absoluta certeza de que las personas practicamos continuamente la persuasión y lo hacemos con palabras, esos sonidos que confiscan significados. Este convencimiento es tan irreductible que a veces el libro parece una entretenida obra de psicolingüística. Se lee con facilidad, te hace sonreír, te regala ideas tremendamente útiles. Yo mismo durante su lectura he puesto unas cuantas en práctica. Les aseguro que funcionan de maravilla. |
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