Estos días estivales estoy leyendo el ensayo La pantalla global (cultura mediática y cine en la era hipermoderna) de los franceses Guilles Lipovetsky y Jean Serroy. Hoy me he topado con algunos pespuntes reflexivos en torno al efecto de la violencia cinematográfica en la conducta de los espectadores más maleables. El mundo actual es violento, sí, pero el cine actual centuplica esa violencia y la muestra hipertrofiada hasta extremos enfermizos. Somos agresivos por naturaleza, pero pacíficos o violentos por cultura. Desde este prisma se puede entender mejor que el cine en su vertiente de producto industrial para entretenimiento de las masas recurra a la violencia como señuelo. Instiga un instinto primario. Normal que directores como Tarantino ridiculicen la hiperabundancia de violencia mostrándola descarnadamente sin sentido o sin necesidad de avalarla con argumentos. Es violencia gratuita para caricaturizar la hiperbolización de la violencia.
La pregunta surge por sí sola. ¿La sobreexposición de violencia en las pantallas invita a la emulación o al rechazo, fomenta el mimetismo o por el contrario impele a la construcción de protocolos sociales para inhibirla o desplazarla en favor del diálogo y la convivencia? Los autores del ensayo lo tienen claro: “La violencia del cine funciona sin duda mucho más como desahogo catártico que como modelo digno de imitación”. Yo creo que las posibles consecuencias de esa exposición dependerán de si esa violencia obtiene premio o no. No es lo mismo recompensar a los violentos en vez de premiar a los que buscan vías de negociación y diálogo para solucionar los conflictos, que presentar un guión en el que ocurre exactamente lo contrario. Habrá que investigar.