Hace unos días en el post titulado «El mediador se elige» esgrimíamos que la mediación es un sistema de resolución de conflictos diferente al de la conciliación. En la mediación los actores del conflicto asignan a sus mediadores. En la conciliación no. En este sistema una tercera persona apila información sobre el conflicto, hilvana argumentos en una u otra dirección, y acto seguido recomienda de una manera formal a las partes en fricción diferentes posibilidades para alcanzar una solución. Su recomendación no es impositiva. Es una invitación al compromiso, una exhortación a elegir un camino concreto. El conciliador es un adalid perfecto contra la obcecación consustancial a muchos conflictos y que nubla el entendimiento de las partes, sierra el odio caínita que late en muchos momento vidriosos, esa obediencia terca a los instintos más viscerales y menos inteligentes, contempla con tranquilidad y equidistancia las soluciones que un conflicto enquistado y crónico impide ver a quienes lo sufren. El conciliador tiene visión panorámica. Los actores del conflicto visión en túnel. La conciliación dona enorme utilidad en conflictos que se alargan en el tiempo y alcanzan alta temperatura de ebullición emocional. Es una praxis muy válida en determinados casos.