Leo una afirmación muy interesante: «Comunicarse no implica negociar. Muchas veces llamamos negociación a una interacción comunicacional entre los actores de un conflicto». Acepto la primera afirmación, pero discrepo con la segunda. Según la literatura, toda negociación implica la predisposición de las partes implicadas a avanzar hacia un cambio. Es obvio que cuando nos comunicamos con otros no subyace imperiosamente el deseo de cambio, ni en nosotros ni en nuestros receptores. Sin embargo, cuando uno entabla un diálogo con la otra parte del conflicto, ¿qué pretende? El conflicto nace de la percepción de una diferencia que genera malestar, y cuando se comparte verbalmente ese malestar y se gestiona su resolución entre los implicados se persigue un cambio. Se busca nueva tierra firme en la que todos se encuentren mejor. El cambio anhelado puede cristalizarse en una permuta en el estatus quo, en limar cuestiones estructurales, ofrecer información que varíe lo que la otra parte infiere, en una aportación de nuevas observaciones e interpretaciones de los hechos, en la exposición de razonamientos y explicaciones que ayuden a cambiar el punto de vista de los protagonistas. Cuando se gestiona un conflicto se gestiona un cambio. Cuando se gestiona un cambio que requiere consenso se inicia una negociación.