Recuerdo un verso sublime de uno de mis poetas favoritos en mi adolescencia, el francés parnasianista Sully Prudhomme. El verso era el primero del primer poema con el que se abría su primer libro a finales del XIX: «Deseé amarlo todo y ahora soy infeliz, porque he multiplicado las causas de mis penas». Con la llegada del 2009 rememoro este verso porque cada vez que desprecintamos un nuevo año pedimos a un imaginario genio de la botella que por favor se cumplan algunos de nuestros deseos. Si el deseo es faraónico, la frustración acabará invadiéndonos. Si el deseo es anodino, cierto adocenamiento se apoderará de nosotros. ¿Qué podemos hacer para eludir la irresolución o el estrés al que sin prisa pero sin pausa nos invita un deseo que nos desborda y la indiferencia y apelmazamiento que acarrea la conquista de un deseo diminuto?
Para que una expectativa ejerza magnetismo sobre nosotros y nos impela a esforzarnos por colmarla debe mantener simetría con nuestras capacidades. El ejercicio de funambulismo que hay que realizar para no caer ni en la infelicidad ni en un conformismo jibarizante consiste en incrementar paulatina y mesuradamente la dificultad de nuestras expectativas y simultáneamente enriquecer nuestras capacidades. Sacar filo a nuestras competencias. A medida que aumentemos nuestra pericia, elevemos nuestras expectativas. Sólo así su logro puede insuflarnos satisfacción y autorrespeto. Que el 2009 sea un buen aliado para nuestra inevitable condición de funámbulo.