Como les comentaba unos post más abajo, estoy estos días leyendo un clarividente ensayo sobre la violencia firmado por el psiquiatra David Huertas. Ofrece una distinción entre agresividad, agresión y violencia. La agresividad es una pulsión como el hambre o la sed que se activa para defenderse de las amenazas y plantar cara a las dificultades. Por agresión catalogamos cualquier acto que busca dañar o destruir a otras personas o cosas inanimadas. La violencia la podemos etiquetar como la destrucción deliberada de semejantes con fines ajenos a la supervivencia. Suele responder a la ambición, la dominación, el placer sádico o la venganza. En una negociación dura o de cuño político estos elementos están presentes, aunque afortunadamente la civilización los mantiene en estado latente.
Teniendo en cuenta estos tres conceptos, ¿cómo se catalogaría el episodio estelar de las últimas semanas en el que un periodista arroja unos zapatos a George Bush mientras ofrece una rueda de prensa? ¿Es agresividad, agresión o violencia? Los más benévolos lo consideran un gesto de reproche. Vale. Demos por bueno que se trata de un simbólico tirón de orejas en nombre de una humillación colectiva. Pero es un gesto que se alimenta de agresividad, cristaliza en una agresión y justifica la posterior utilización de la violencia del que lo recibe. ¿Hubiese sido otro el sino de este lance si el calzado se hubiese estrellado en el rostro de Bush? ¿Los que consideran un gesto el vuelo sin motor de los zapatos pensarían de otro modo si el destinatario hubiese sido otra persona, alguien afín a sus postulados políticos? ¿Nubla o aclara las cosas prescindir de las palabras y los argumentos y pasar a arrojar objetos destinados a empotrarse en la cara del otro?