Leo un divertido relato de Juan José Millás. El relato se titula Escribir a la contra y es uno de los que han dado lugar al libro Los objetos nos llaman (Seix Barral, 2008). Cuenta Millás que un peculiar profesor de literatura les mandaba hacer unas redacciones muy curiosas en la escuela: «Si una película nos había gustado mucho, teníamos que decir lo contrario, pero argumentándolo de tal manera que ningún lector fuera capaz de descubrir si mentíamos o decíamos la verdad. Haciendo aquellas redacciones, me di cuenta de que muchas películas que creía que me habían gustado me parecían en realidad detestables. También aprendí que con un poco de talento y práctica se pueden defender las posturas más insostenibles».
Aquí quería yo llegar. En teoría de la argumentación se señala inmediatamente esta peculiaridad. Se puede defender una idea y también la contraria. El motivo es simple. La argumentación tiene su campo de acción en lo deliberativo, en lo opinable, en lo que puede ser de una manera pero también de otra. Es también el lugar en el que se lleva a cabo una negociación o la gestión de un conflicto. El principio de validez de una argumentación descansa en el mejor razonamiento empleado. Dicho de otra manera. La argumentación más sólida depende de la calidad de las ideas o razones que defienden o refutan una tesis.