En el ensayo ¡Sí! sus autores Goldstein, Martin y Cialdini utilizan un ejemplo muy didáctico para demostrar cómo funciona la persuasiva ley del contraste. En el béisbol los jugadores colocan un anillo pesado alrededor del bate durante el calentamiento. Afirman que oscilar repetidamente un bate más pesado hace que el normal que utilizarán en el partido parezca más ligero. Esto me recuerda a lo que ha desvelado el futbolista Cristiano Ronaldo al recibir esta semana el Balón de Oro. El portugués afirmaba que desde juveniles siempre se ponía pesas en los tobillos durante los entrenamientos para que cuando tuviera que jugar de verdad sus piernas volasen.
Así funciona la ley de contraste. Esta ley explica cómo nos afecta el hecho de que nos presenten dos alternativas completamente distintas de forma sucesiva. Los objetos, los servicios, los valores, el precio, no se perciben aisladamente, sino en comparación. La pauta indica que la primera experiencia condiciona la percepción de la segunda. Les pondré un ejemplo que alimenta las conversaciones cotidianas. El precio del combustible...
Desde los medios de comunicación se airea que en este mes la gasolina y el gasoil están baratos porque su precio actual es comparado siempre con el que marcaban en su momento más álgido. Si comparamos el precio que indican hoy los dispensadores de combustible con el que señalaban hace dos años, nos resultaría carísimo, percibiríamos un incremento brutal y casi ofensivo. Esto es la ley de contraste. La gran aportación no es que varía nuestra percepción, sino también nuestra manera de razonar. Aquí les ofrezco una alternativa muy práctica: modifique el referente con el que le establecen la comparación para neutralizar el poder persuasivo del contraste. De nada.