| Escrito por Josemi Valle,
el 17-11-2008
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Etiquetas : celeridad |
Leo a José Antonio Marina respondiéndose a sí mismo por qué es tan importante detener el impulso. «Porque es la única manera de conseguir tiempo para deliberar, es decir, para evaluar el curso de la acción, tener en cuanta las consecuencia y aprovechar las experiencia propias y ajenas». Al leer esta reflexión me resulta inevitable acercar aquí uno de los aforismos más hermosos y concisos de Cioran: «La lucidez es la pausa de la sangre».
Vivimos aceleradamente, deprisa y convulsamente, como si tuviéramos el coche aparcado en doble fila, como si alguien nos estuviera cronometrando y nos exigiera batir una marca. No es de extrañar que en estos tiempos de vida centrifugada por la celeridad se impartan cursos para explicar la diferencia entre lo urgente y lo importante, para aclarar que aunque el tiempo es oro hacer las cosas sin disfrutarlas lo puede convertir en bisutería. La expresión «vivir deprisa» debería ser considerada una construcción errónea del lenguaje, una antinomia, una contradicción, algo parecido a decir agua seca. Hace muchos años escribí un aforismo vitriólico para burlarme de la velocidad como virtud vital: «Las prisas no son nada buenas, y para advertirlo basta con ver cómo le quedó el mundo a Dios por hacerlo en siete días».
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