Esta mañana he estado comentado un texto de Rousseau para orientar a alumnos que preparan el acceso a la Universidad. Concretamente un texto en el que hablaba de la diferencia entre los animales y los hombres. He recordado al enciclopedista Voltaire y su vitriólica descripción del autor que defendía el estado de naturaleza: «Leyendo a Rousseau a uno le entran ganas de ponerse a caminar a cuatro patas». Una de las grandes disimilitudes entre los animales y los hombres que subraya el filósofo ginebrino es la posibilidad de perfeccionamiento. La semana pasada se trato este tema de forma oblicua en el post «El equilibrio y la ampliación de posibilidades». El hombre puede y desea perfeccionarse permanentemente. Un animal no. Es fácil deducirlo. Veamos.
Una abeja de hace dos mil años es exactamente igual que una abeja de ahora mismo. Hace las mismas cosas. Sigue sujeta a los mismos imperativos. No ha inventado nada que la diferencie de sus antepasadas. No ocurre lo mismo con el ser humano. La vida de un hombre de 2008 nada tiene que ver con la de alguien que vivió en el paleolítico. El hombre ha evolucionado, ha sacado filo a sus facultades, ha robustecido su inteligencia a fuerza de servirse de ella para entender su alrededor. Para que esa evolución haya sido posible el hombre aprendió que era necesario vivir en sociedad. Luego por añadidura advirtió que para que la convivencia entre todos fuera saludable era fundamental negociar un catálogo de principios inquebrantables. Se trataba de normas consensuadas por todos y que todos debían respetar para que vivir fuera algo más que un mero acto de resistencia. Disculpen mi parrafada. Simplemente quería resaltar que si uno tira del hilo al final aparece siempre la necesidad de negociar. Hasta leyendo a un filósofo del XVIII.