Hoy es mi cumpleaños. Sería un ejercicio de boba coquetería ocultar que he de apagar cuarenta velas que me mirarán parpadeantes desde una tarta. Aunque los días pueden resultar muy largos, a estas alturas la vida empieza a parecer corta. Recuerdo un episodio frecuente en la infancia. Cuando mis amigos y yo nos topábamos con una persona de edad similar a la que hoy alcanzo, nos resultaba pavorosamente mayor y casi provecta. ¿Nos verán así los niños de ahora?
Ese príncipe de la tristeza que es el músico Antonio Vega, comentaba en una entrevista su lúcida desorientación cuando entró en la cuarentena: «A veces lo pienso y digo ¿cómo es posible? No puede ser, tiene que haber un error. No me siento con esa edad en absoluto, tal vez porque no encarno la definición de una persona en los cuarenta». Yo tampoco me siento con esa edad, aunque cumplo los requisitos que me acusan de no ser joven (uno abandona la juventud cuando los jugadores de fútbol que aparecen en la tele tienen menos años que tú). Guardo el papel timbrado que certifica que he ingresado en la vida adulta (uno se hace adulto cuando la factura del gas llega a su nombre). He sufrido unas cuantas veces el inquietante incidente de resultar mayor a los críos (uno empieza a ver que el tiempo pasa muy deprisa cuando al coincidir en el ascensor con un enano de pantalones cortos te trata de usted). La literatura popular afirma que uno es dueño de tres edades: la que dice, la que aparenta y la que posee en realidad. En mi caso dos de ellas se dan la mano.