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	<title>Negociaccion :: el blog de la negociación</title>
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	<description>el blog de la negociación y la resolución de conflictos</description>
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		<title>El abuso de debilidad y otras manipulaciones</title>
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		<pubDate>Thu, 16 May 2013 07:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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		<category><![CDATA[manipulación]]></category>
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		<description><![CDATA[El abuso de debilidad se produce cuando una persona se aprovecha de otra  gracias a su vulnerabilidad y fragilidad afectivas. Resulta difícil delimitar las fronteras del abuso de debilidad porque en muchos casos el claramente perjudicado da su consentimiento para que el otro ejecute acciones de dudosa licitud. Sin embargo, ese consentimiento puede estar prologado de manipulación o violencia psíquica, y aquí es donde todo el paisaje se llena de niebla.  ¿Cuándo es abuso, estafa, timo, engaño, manipulación de la confianza,  y cuándo es decisión autónoma, voluntad libre, relación consentida, aceptación nacida de un acuerdo entre iguales, conductas éticamente apropiadas?  El abuso de debilidad y otras manipulaciones (Paidós, 2012) trata de trazar esos limítes y recordar insistentemente que aunque hay situaciones que pueden no ser jurídicamente sancionables, sí se pueden evaluar desde el prisma moral. Su autora es la psicólogo y psiquiatra francesa Marie-France Hirigoyen, conocida por su obra de temática ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-5045" title="abusodebilidad1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/05/abusodebilidad1.jpg" alt="" width="228" height="340" />El abuso de debilidad se produce cuando una persona se aprovecha de otra  gracias a su vulnerabilidad y fragilidad afectivas. Resulta difícil delimitar las fronteras del abuso de debilidad porque en muchos casos el claramente perjudicado da su consentimiento para que el otro ejecute acciones de dudosa licitud. Sin embargo, ese consentimiento puede estar prologado de manipulación o violencia psíquica, y aquí es donde todo el paisaje se llena de niebla.  ¿Cuándo es abuso, estafa, timo, engaño, manipulación de la confianza,  y cuándo es decisión autónoma, voluntad libre, relación consentida, aceptación nacida de un acuerdo entre iguales, conductas éticamente apropiadas?  <em>El abuso de debilidad y otras manipulaciones</em> (Paidós, 2012) trata de trazar esos limítes y recordar insistentemente que aunque hay situaciones que pueden no ser jurídicamente sancionables, sí se pueden evaluar desde el prisma moral. Su autora es la psicólogo y psiquiatra francesa Marie-France Hirigoyen, conocida por su obra de temática muy similar <em>El acoso moral</em>. El libro se adentra en un primer momento en el análisis pormenorizado del consentimiento (no hay consentimiento válido si se ha dado por error, o si ha sido obtenido con violencia o dolo, es lo que se tipifica como vicio de consentimiento),  la confianza,  la influencia y la manipulación. En el apartado dedicado a reseñar  las más habituales tácticas manipuladoras que el abusador esgrime con su víctima, la autora se ciñe al exitoso libro<em> Pequeño tratado de manipulación para gente de bien</em> (que <em><a href="http://www.negociaccion.net/publicaciones/tratado-de-manipulacion">reseñamos</a></em> aquí hace ya unos años) de los también franceses Robert-Vincent Joule y Jean-Léon Beauvois.  </p>
<p>Una vez cartografiado el mapa de la influencia nos habla de las víctimas potenciales para los depredadores, que suelen posar su atención en personas mayores, discapacitadas,  menores,  hijos (sobre todo en situaciones de divorcio), gente secuestrada por inmadurez o carencias afectivas. Esta fragilidad en la dimensión sentimental es el ángulo de ataque del abusador, el tendón de Aquiles de las víctimas para ser más fácilmente sojuzgadas.  Entre los impostores encontramos mitómanos (mentirosos compulsivos con necesidad de ser admirados), seductores, timadores (muchos de ellos agazapados en el tuétano de las entidades financieras), perversos narcisistas (muy taimados y calculadores), paranóicos (que actúan más por coacción que por manipulación).  Todos ellos se dedican al sometimiento psicológico y la vampirización de su víctima. El último capítulo del libro es desolador. La autora defiende que los valores imperantes en el contemporáneo tejido social facilitan el abuso de debilidad. La exención de responsabilidad personal delegada en los demás o diluida en los factores ambientales, la pérdida de límites, la dificultad para articular bien la vida pulsional, la vehemencia de la gratificación instantánea que incentiva el fraude y el atajo,  la inseguridad y el miedo provocados por la crisis económica y financiera, la consiguiente desconfianza en nuestros iguales, exacerban nuestra condición de seres frágiles y demandan una mayor presencia de autoridad pública. La autora advierte del peligro que supone la inflación del Derecho cuando sustituye el necesario control interno de cada uno de nosotros. Un semillero para abusadores.</p>
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		<title>Francisco Mora: Neuroeducación</title>
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		<pubDate>Tue, 14 May 2013 08:43:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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		<category><![CDATA[educación]]></category>
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		<description><![CDATA[El neurocientífico y Catedrático en Fisiología de la Complutense Francisco Mora visitó la Facultad de Psicología de la Universidad de Salamanca para charlar amenamente de neurociencia y neuroeducación. Su último libro se titula exactamente así, Neuroeducación (Alianza, 2013), un término en el que se anuda la tarea educadora con los procesos internos del cerebro y que el autor vaticina será el nuevo contrafuerte de la actividad docente. La neuroeducación  intenta sacar ventaja de cómo funciona el cerebro para aprender y enseñar mejor (idea que también promulga uno de los últimos ensayos de J.A Marina, La inteligencia ejecutiva, que reseñaremos aquí en breve).  Desde la observación de la actividad de las diferentes áreas del cerebro, la neurociencia defiende que sólo se  puede aprender aquello que despierta la atención y provoca emoción. La emoción es interacción con el entorno, movimiento, estímulos que se disparan e indican recompensas y castigos, respuestas que aumentan ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-5036" title="Francisco Mora" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/05/Francisco-Mora.jpg" alt="" width="536" height="316" />El neurocientífico y Catedrático en Fisiología de la Complutense Francisco Mora visitó la Facultad de Psicología de la Universidad de Salamanca para charlar amenamente de neurociencia y neuroeducación. Su último libro se titula exactamente así, <em>Neuroeducación</em> (Alianza, 2013), un término en el que se anuda la tarea educadora con los procesos internos del cerebro y que el autor vaticina será el nuevo contrafuerte de la actividad docente. La neuroeducación  intenta sacar ventaja de cómo funciona el cerebro para aprender y enseñar mejor (idea que también promulga uno de los últimos ensayos de J.A Marina, <em>La inteligencia ejecutiva</em>, que reseñaremos aquí en breve).  Desde la observación de la actividad de las diferentes áreas del cerebro, la neurociencia defiende que sólo se  puede aprender aquello que despierta la atención y provoca emoción. La emoción es interacción con el entorno, movimiento, estímulos que se disparan e indican recompensas y castigos, respuestas que aumentan los árboles sinápticos del cerebro. La emoción sirve para almacenar y memorizar más nítidamente la información, es decir para dos funciones básicas e irrenunciables, aprender y memorizar, que el profesor Mora jerarquiza en el mismo nivel de relevancia para la supervivencia que comer y beber. El que no aprende y no memoriza perece pronto. Aprender y memorizar modifican el cerebro, y esa modificación permanente invalida la posibilidad de conocernos a nosotros mismos en su sentido más catequista. Lo que no invalida es la opción de construirnos, buscar las decisiones más adecuadas, elegir el nicho cultural que nos ayude a ese propósito (el 75% de lo que somos lo levantamos sobre bases culturales y ambientales).  Podemos orientar la información en la dirección que más nos convenga.</p>
<p>«Las emociones encienden y mantienen la curiosidad y la atención y con ello el interés por el descubrimiento de todo lo que es nuevo, desde un alimento o un enemigo a cualquier aprendizaje en el aula», escribe en su obra Francisco Mora. En la charla agregó: «La atención hay que evocarla, que los circuitos que codifican la curiosidad se enciendan por sí mismos. Pretendemos encontrar qué estimulos pueden estimular la atención.  La atención te nace si lo que te están contando es interesante y significa algo. Eso se llama emoción. Si te sientes emocionado, se abren las ventanas de la atención, te haces consciente de lo que te cuentan».  Extrapolado al ámbito educativo, «el que instruye debe ser consciente de este mecanismo esencial (emoción) como vehículo de sus palabras si quiere que éstas alcancen al que aprende de un modo sólido y convincente».  Su charla transparentó la misma pasión que reinvidica en su obra como clave para aprender, testimonió ese entusiasmo por las cosas que dribla cualquier conato de apagón emocional (una de las prescripciones señaladas en su célebre lista de doce claves para la generación de sinapsis neuronales y la ralentización del envejecimiento). Pasión, ilusión y enorme capacidad para capturar la atención.  Ese anhelado foco atencional sostenido patrimonio de la emoción y del que brota el aprendizaje.</p>
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		<title>El negociador genial</title>
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		<pubDate>Fri, 10 May 2013 08:47:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Normalmente las contraportadas de los libros son un escaparate de afirmaciones hiperbólicas y laudatorias de la obra, elogios tan gratuitos como desmesurados que invitan a la pulsión de devorar sus páginas con vehemencia. Luego abres el libro, persigues unos cuantos renglones y te llevas una decepción por lo que lees y por tu ingenuidad. En esta ocasión, las afirmaciones firmadas por otros autores que se alojan en la contraportada de El negociador genial (Empresa activa, 2013) son tan halagadoras como las de otros libros, pero por el contrario son de una veracidad puntillosa.  «El mejor libro sobre negociación que haya leído», «la mejor recopilación de lo más esencial sobre esta cada vez más importante materia», «es el libro más comprensivo, sabio y práctico sobre la materia que he visto». Nada que objetar. El negociador genial es un ensayo práctico que desentraña de una manera luminosa y pedagógica la arquitectura de ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-5028" title="negociadorgenial1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/05/negociadorgenial1.jpg" alt="" width="221" height="349" />Normalmente las contraportadas de los libros son un escaparate de afirmaciones hiperbólicas y laudatorias de la obra, elogios tan gratuitos como desmesurados que invitan a la pulsión de devorar sus páginas con vehemencia. Luego abres el libro, persigues unos cuantos renglones y te llevas una decepción por lo que lees y por tu ingenuidad. En esta ocasión, las afirmaciones firmadas por otros autores que se alojan en la contraportada de <em>El negociador genial</em> (<a href="http://www.empresaactiva.com">Empresa activa</a>, 2013) son tan halagadoras como las de otros libros, pero por el contrario son de una veracidad puntillosa.  «El mejor libro sobre negociación que haya leído», «la mejor recopilación de lo más esencial sobre esta cada vez más importante materia», «es el libro más comprensivo, sabio y práctico sobre la materia que he visto». Nada que objetar. <em>El negociador genial</em> es un ensayo práctico que desentraña de una manera luminosa y pedagógica la arquitectura de esta disciplina que supone un crecimiento evolutivo en la dimensión civil y en los ámbitos más domésticos de las personas. Los autores son los profesores de Negociación en la Universidad de Harvard Deepak Malhotra y Max Bazerman (experto en el estudio de las decisiones irracionales que tomamos inconscientemente y coautor del incisivo y delator <em>Puntos ciegos</em> junto a la profesora de Ética Ann Tenbrunsel -<a href="http://www.negociaccion.net/publicaciones/puntos-ciegos-2">ver reseña</a>-). </p>
<p>El objetivo de la obra es exhibir un repertorio de tácticas para lograr una versión negociadora de nosotros mismos más resolutiva. Los autores explican muy bien el proceso: «lo que parece genio en realidad refleja una preparación cuidadosa, la comprensión del marco conceptual de la negociación, la percepción de cómo se pueden evitar los errores y sesgos, la habilidad de estructurar y ejecutar negociaciones de forma estratégica y sistemática». El libro proporciona un muy detallado conjunto de instrumentos de estrategia y táctica de negociación insertados en numerosos casos prácticos que dotan de vida los pormenorizados análisis. Esta caja de herramientas encuentra su momento más útil (al menos para mí) cuando los autores nos explican la siempre difícil tarea de crear valor en una negociación, aunque las ideas para reclamarlo son también muy perspicaces. Después el libro se adentra en la psicología de la negociación y la siempre fascinante irracionalidad de los sesgos. Y finalmente aborda la negociación en el mundo real preguntándose por la dimensión ética del proceso, los puntos ciegos (de los que Bazerman es una autoridad), la irrupción de la mentira, la posición de debilidad, las tácticas de influencia, o cuándo es mejor prescindir de la negociación. Obra muy recomendable para profanos e iniciados, para expertos y neófitos. De lectura obligada en cualquier caso para todo el que sienta curiosidad por saber qué es una negociación y dónde descansa su gigantesca utilidad en el entramado personal y social de los individuos. En cada página se sentirán recompensados.</p>
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		<title>Propósitos y logros</title>
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		<pubDate>Mon, 06 May 2013 08:48:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los seres humanos vivimos centrifugados por las paradojas. Hoy quiero compartir una de radical importancia en el día a día. Si existe un alto coeficiente de expectativas en cualquier tarea que vayamos a emprender, propendemos a padecer frustración al cotejar esos propósitos con el resultado final. Entramos en una deriva perniciosa y altamente corrosiva para el ánimo: los resultados altos están ligados a expectativas altas, pero desembocan en satisfacciones pobres que incluso pueden despertar abatimiento. No se trata de saber si hemos logrado una meta fantástica o no, sino si estamos satisfechos con ella. Puede darse la lacerante paradoja de coronar un objetivo bueno y sin embargo sentirnos mal, o que nos sintamos bien aunque el resultado visto por una mirada imparcial sea considerado malo. ¿Se puede medir objetivamente la satisfacción? La respuesta es desalentadora pero a la vez dona esperanza. No se puede medir milimétricamente la satisfacción, pero esa ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-5022" title="propósitos1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/05/propósitos1.jpg" alt="" width="538" height="399" />Los seres humanos vivimos centrifugados por las paradojas. Hoy quiero compartir una de radical importancia en el día a día. Si existe un alto coeficiente de expectativas en cualquier tarea que vayamos a emprender, propendemos a padecer frustración al cotejar esos propósitos con el resultado final. Entramos en una deriva perniciosa y altamente corrosiva para el ánimo: los resultados altos están ligados a expectativas altas, pero desembocan en satisfacciones pobres que incluso pueden despertar abatimiento. No se trata de saber si hemos logrado una meta fantástica o no, sino si estamos satisfechos con ella. Puede darse la lacerante paradoja de coronar un objetivo bueno y sin embargo sentirnos mal, o que nos sintamos bien aunque el resultado visto por una mirada imparcial sea considerado malo. ¿Se puede medir objetivamente la satisfacción? La respuesta es desalentadora pero a la vez dona esperanza. No se puede medir milimétricamente la satisfacción, pero esa imposibilidad le da una dimensión de geometría variable que permite manipular su gestión. </p>
<p>La regulación de la satisfacción orbita en torno a un cambio de hábitos mentales, una metacognición sutilmente distinta a la utilizada frecuentemente que ayuda a sentirnos satisfechos si el resultado lo merece. Consiste en evaluar el resultado no en función de las elevadas expectativas depositadas en la operación, sino en función del lugar de donde partimos, del kilómetro cero de nuestra expectativa. En la galaxia de las negociaciones ocurre permanentemente con la adopción de acuerdos. Podemos utilizar la jerga negociadora para explicarlo con más nitidez. El punto de referencia para la evaluación de resultados no es la maximización del posible acuerdo, sino la BATNA (la mejor alternativa al mejor acuerdo negociado) que se disponía al sentarnos en la mesa con nuestro homólogo. Malhotra y Bazerman proponen una sabia administración de la satisfacción que resumen en su obra <em>El negociador genial</em>: «Céntrese en su meta durante la negociación; cuando acabe cambie y céntrese en su valor de reserva. Al hacerlo, negociará con eficacia (gracias a sus altas aspiraciones) y, después, estará satisfecho del resultado (porque ahora lo compara con su precio de reserva)». Este mecanismo es extrapolable a la arquitectura de cualquier expectativa y su posterior evaluación. De este modo se actúa pensando en objetivos elevados (que incrementan las posibilidades de obtener resultados equivalentes), y uno quedará satisfecho porque el resultado lo comparará no con la meta ideal, sino con el punto de partida, ese lugar en el que estábamos antes de empezar a invertir energía y tiempo en la edificación del proyecto o la actividad o el acuerdo.  Antonio Machado susurró en un luminoso verso que él no se jactaba de sus logros, sino de sus propósitos. Nosotros podemos relatarnos a nosotros mismos que nuestra satisfacción no reside exclusivamente en el logro, sino en la comparación del logro con el lugar del que brotó el propósito.</p>
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		<title>Interpretamos más que escuchamos</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2013 08:23:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Exiten dos leyes pragmáticas de la comunicación que a fuerza de repetirse se han convertido en postulados que nadie objeta, dogmas que se divulgan alegremente entre la feligresía que asiste a cursos y seminarios: «No es verdadero lo que dice A, sino lo que entiende B», y «Cuando B interpreta erróneamente un mensaje de A, la responsabilidad es siempre de A».  No estoy de acuerdo con ninguna de estas dos afirmaciones. Es cierto que ambos axiomas testimonian una de las singularidades de la comunicación que, sorprendentemente, y a pesar de su indiscutida centralidad, suele pasar muy inadvertida.  Más que escuchar, los demás interpretan la información que barren sus ojos y que hospedan sus tímpanos. Lo relevante en la acción comunicativa no es lo que decimos, es sobre todo lo que interpretan quienes nos escuchan.  Prologada esta particularidad,  me parece hiperbólico defender que lo que entiende B de lo que le transmite ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-5011" title="interpre1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/05/interpre1.jpg" alt="" width="540" height="259" />Exiten dos leyes pragmáticas de la comunicación que a fuerza de repetirse se han convertido en postulados que nadie objeta, dogmas que se divulgan alegremente entre la feligresía que asiste a cursos y seminarios: «No es verdadero lo que dice A, sino lo que entiende B», y «Cuando B interpreta erróneamente un mensaje de A, la responsabilidad es siempre de A».  No estoy de acuerdo con ninguna de estas dos afirmaciones. Es cierto que ambos axiomas testimonian una de las singularidades de la comunicación que, sorprendentemente, y a pesar de su indiscutida centralidad, suele pasar muy inadvertida.  Más que escuchar, los demás interpretan la información que barren sus ojos y que hospedan sus tímpanos. Lo relevante en la acción comunicativa no es lo que decimos, es sobre todo lo que interpretan quienes nos escuchan.  Prologada esta particularidad,  me parece hiperbólico defender que lo que entiende B de lo que le transmite A es necesariamente verdadero. Muchas veces empaquetamos la información y la nutrimos de significado en función de nuestra cosmovisión y nuestro ejército de suposiciones, lo que hace que se contamine, se llene de ruido y se ramifique en malinterpretaciones absolutamente divorciadas de la realidad. Resulta por tanto incomprensible y temerario imputar la responsabilidad de una malinterpretación al emisor de un relato y exonerársela al que la ha manufacturado. Uno es responsable de lo que afirma, no de las interpretaciones y menos aún de las disfunciones que hacen los demás de esa afirmación.  Existe un eslogan muy didáctico que a mí me gusta repetir para delimitar la autoría  narrativa:  «Yo soy responsable de lo que hablo, no de lo que usted entiende».  No confundamos paternidades.</p>
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		<title>Dime cómo te hablas y te diré cómo te va</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Apr 2013 09:38:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-5006" title="hablatebien1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/04/hablatebien11.jpg" alt="" width="535" height="300" />A mí me gusta repetir en mis textos que el alma es esa conversación que mantenemos con nosotros mismos a todas horas hablándonos de lo que nos va ocurriendo a cada minuto. Se trata de un sorprendente soliloquio a dos voces, donde yo y yo no dejan de hablar y contarse sus cosas. Este relato posee una radical importancia para nuestra forma de habitar la realidad. En el perspicaz ensayo La inteligencia ejecutiva, José Antonio Marina lo explica con su habitual cegadora claridad: «El habla interior constituye el material del que están hechas nuestras voluntades». Unas líneas más adelante pone en boca del psicólogo norteamericano Meichenbaum, experto en el papel del lenguaje como instructor de la conducta: «Continuamente nos damos una versión de nosotros mismos o de nuestras experiencias pasadas, y, en ocasiones, puede ser muy destructiva o paralizadora. Una persona que continuamente esté repitiéndose que es una inútil o que su vida es un fracaso se está vampirizando a sí misma».  Hablarse bien es un deber categórico de uno hacia sí mismo. La biología de ese relato cursa con la biología de nuestras acciones. </p>
<p>La expectativa que tengamos sobre nosotros mismos determina la configuración de las metas que elegiremos para abrillantar nuestra vida, la manera de orquestar las estrategias para alcanzarlas, la administración y regulación de la energía que invertiremos en ese cometido, la voluntad para mantener el esfuerzo, el ingenio para vadear la posible frustración, la fabricación de submetas para convivir con la ausencia pasajera de la recompensa. Si nos metaforizamos mal («soy un cero a la izquierda»), nos profetizaremos igualmente mal. A expectativas bajas, resultados mediocres. Si uno no deja de repetirse que no vale para nada, que no tenga la menor duda de que acabará mimetizándose con sus propias palabras. Las dimensiones optimistas y pesimistas residen en el relato que escribimos de nosotros mismos, en las palabras que empleamos para dejar de ser borrosos y metamorfosearnos en figuras nítidas. Hablarnos mal o desdeñarnos no sólo nos empequeñece y canibaliza posibilidades. También multiplica exponencialmente la cuota de resistencia con que la realidad  intenta siempre frustrar nuestros sueños, torpedear nuestras metas,  cancelar la comparecencia de la felicidad, amargarnos  la vida. Hablarse bien es una obligación. Incondicional. Inquebrantable. Innegociable. Impagable.</p>
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		<title>Lo bueno funciona</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 08:58:36 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[ética]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo bueno funciona (LID, 2012) tiene un título ligeramente equívoco. No se sabe muy bien qué es lo bueno, aunque basta leer un par de páginas para aclararlo. Lo bueno  a lo que se refiere la obra es generar valor económico de una firma que cree a la vez valor para la sociedad atendiendo sus necesidades y desafíos. Lo bueno son por tanto aquellas iniciativas sociales de marketing y corporativas que favorecen los objetivos del negocio y simultáneamente intentan mejorar el entorno. El libro es una guía práctica para la asignación de recursos al diseño de estrategias que hagan bien a las empresas y a la comunidad. «¿Por qué hacer el bien?», se preguntan los autores Philip Kotler, Hessekiel y Nancy R. Lee, para acto seguido agregar una respuesta sencilla y pragmática: porque es bueno para la marca y los resultados financieros. Luego desglosan la contestación en un listado de epígrafes: hacer ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><img class="alignleft size-full wp-image-4990" title="Cub_Lo bueno funciona_MaquetaciÛn 1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/04/lobueno2.jpg" alt="" width="231" height="339" />Lo bueno funciona</em> (LID, 2012) tiene un título ligeramente equívoco. No se sabe muy bien qué es lo bueno, aunque basta leer un par de páginas para aclararlo. Lo bueno  a lo que se refiere la obra es generar valor económico de una firma que cree a la vez valor para la sociedad atendiendo sus necesidades y desafíos. Lo bueno son por tanto aquellas iniciativas sociales de marketing y corporativas que favorecen los objetivos del negocio y simultáneamente intentan mejorar el entorno. El libro es una guía práctica para la asignación de recursos al diseño de estrategias que hagan bien a las empresas y a la comunidad. «¿Por qué hacer el bien?», se preguntan los autores Philip Kotler, Hessekiel y Nancy R. Lee, para acto seguido agregar una respuesta sencilla y pragmática: porque es bueno para la marca y los resultados financieros. Luego desglosan la contestación en un listado de epígrafes: hacer el bien aumenta las ventas y la cuota de mercado, se logra un mejor posicionamiento de la marca, mayor visibilidad y cobertura mediática, se fortelece la imagen y la influencia corporativa, se fortifica la reputación, se genera una mayor capacidad de atraer y retener a los empleados, se activa un mayor interés para inversores y analistas financieros, se ahorran costes en publicidad, se genera tráfico de clientes. Incluso los autores recuerdan, citando a Bussiness for Social Responsibility, que las empresas que aplican el manual de las buenas prácticas sociales «son sometidas a un menor escrutinio por parte de los organismos gubernamentales, nacionales y locales».</p>
<p>Los autores citan y analizan seis tipos de iniciativas sociales para lograr este repertorio de ventajas que cuentan con la venia de la ciudadanía y los agentes sociales: promoción de buenas causas, marketing con causa, marketing social corporativo, filantropía corporativa, voluntariado de los empleados en prácticas de negocio socialmente responsables. Ponen ejemplos corporativos de éxito que ilustran estas iniciativas y explican su funcionamiento. En esta faceta la obra es impecable, ofrece ideas pormenorizadas tremendamente útiles para la causa.  Sin embargo, a lo largo de la lectura del libro revolotean preguntas controvertidas. ¿Es ética la instrumentalización de la ética como estrategia de negocio? ¿Pensar en qué causas sociales son las más adecuadas apoyar para fortalecer los dividendos del negocio es una conducta plausible o es puro oportunismo? ¿Hay filantropía cuando simultáneamente se habla de beneficos financieros, cuenta de resultados y metas lucrativas? ¿Es una causa social un programa que evalúa si el bien generado para la marca es equivalente al dinero invertido? Que cada lector extraiga sus propias conclusiones, aunque el ensayo también facilita herramientas para la defensa de la crítica ante la percepción de hipocresía o publicidad enmascarada de la marca.   Ensayo muy adecuado para, quizá sin proponérselo, reflexionar sobre cuestiones éticas desde un ángulo social y corporativo.</p>
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		<title>Leer es un acto de disidencia (Día del Libro)</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Apr 2013 10:42:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mercado de ideas]]></category>
		<category><![CDATA[educación]]></category>
		<category><![CDATA[emoción]]></category>
		<category><![CDATA[formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy es el Día del Libro. La lectura sigue siendo uno de los pocos refugios que nos protegen de la vorágine cotidiana, de la velocidad exacerbada, del frenetismo omnívoro que nos deglute a cada instante y nos obliga a colocar la atención en estímulos fugitivos, en cosas transitivas, en paisajes líquidos que se evaporan al estar invalidados para inducir en nosotros ninguna transformación más allá de lo fugaz . Leer en su dimensión ilustrada y reflexiva es sacarle la lengua a la mundanal y alienante celeridad que nos impide cruzar la piel de las cosas.  En un día como hoy recuerdo las lúcidas palabras de Vicente Verdú sobre esa expecie en extinción que son los lectores. En un mundo que confabula contra toda actividad que solicita elevada inversión de tiempo pausado, ya sólo leen los niños, los jubilados, los enfermos, los lisiados, los deliberada o involuntariamente excluidos sociales y los que ejercen profesiones afines al ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-4983" title="readebook1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/04/readebook1.jpg" alt="" width="537" height="292" />Hoy es el <em>Día del Libro</em>. La lectura sigue siendo uno de los pocos refugios que nos protegen de la vorágine cotidiana, de la velocidad exacerbada, del frenetismo omnívoro que nos deglute a cada instante y nos obliga a colocar la atención en estímulos fugitivos, en cosas transitivas, en paisajes líquidos que se evaporan al estar invalidados para inducir en nosotros ninguna transformación más allá de lo fugaz . Leer en su dimensión ilustrada y reflexiva es sacarle la lengua a la mundanal y alienante celeridad que nos impide cruzar la piel de las cosas.  En un día como hoy recuerdo las lúcidas palabras de Vicente Verdú sobre esa expecie en extinción que son los lectores. En un mundo que confabula contra toda actividad que solicita elevada inversión de tiempo pausado, ya sólo leen los niños, los jubilados, los enfermos, los lisiados, los deliberada o involuntariamente excluidos sociales y los que ejercen profesiones afines al mundo de los libros. Acceden a la lectura sosegada y nutritiva aquellos a los que el sistema productivo y sus tareas satélite todavía no o ya no les desvalija todo su tiempo. La lectura ilustrada procura la lucidez que trae adjuntada la pausa de la sangre. Leer se erige en un acto disidente. La lectura desdeña el credo contemporáneo de la productividad en su perspectiva más fenicia, los imperativos de la competitividad,  el relato ultraliberal, el pragmatismo como medida de todas las cosas, la prisa y la sobresaturación estéril como forma de habitar el mundo.</p>
<p>Uno no lee libros, se lee a sí mismo a través de los libros en un momento de pausa que no procura réditos económicos, ni aura profesional, ni saca lustre al currículum, ni aumenta la cuenta de resultados, ni produce elementos de peso para cotizar al alza en la comparación social. Sólo permite mantener un lento pero bien enladrillado diálogo de yo con yo (a mí me gusta repetir que el alma es la conversación que mantenemos a cada instante hablándonos a nosotros mismos de lo que hacemos a cada minuto, y la lectura sobreactiva este singular soliloquio a dos voces). Cada página que leemos es una interpelación a nuestras vidas, una revisión de nosotros, de las expectativas cumplidas o frustradas que van dando forma a nuestra biografía, del lugar en el que estamos y del sitio al que querríamos arrivar.  Pero leer también es nutrirnos de palabras, el combustible de nuestro cerebro y el vínculo con el que nos relacionamos con el mundo y con los demás.  Somos las palabras que elegimos primero y empleamos después para exteriorizar lo que ocurre en el interior de nuestra cabeza. Cuantas más y mejor utilicemos más nítido será el mundo que tratamos de explicar,  más sólida la conectividad con quienes interactuamos. La lectura no tiene rival para este cometido. Todavía no hemos inventado ningún artefacto que la ensombrezca.</p>
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		<title>¿Es mentira o es un farol?</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 09:30:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
				<category><![CDATA[Negociación estratégica]]></category>
		<category><![CDATA[mentira]]></category>
		<category><![CDATA[persuasión]]></category>
		<category><![CDATA[psicología]]></category>

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		<description><![CDATA[En el curso especializado de Negociación Estratégica que impartimos en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla lanzamos un caso hipotético para preguntar a los alumnos sobre el uso del farol en una situación concreta. Les proponemos lo siguiente: «Llevas tiempo intentando vender un inmueble, pero el mercado está muy parado y no hay clientes dispuestos a comprar. Un día te llama una persona. Quedas con ella para ver el piso. En un momento del encuentro, te pregunta si hay otras personas interesadas en su compra. No hay ninguna oferta por ahora, pero esa es una información que no te gustaría compartir porque crees que te perjudica. ¿Qué responderías?». Tanto en esta edición del curso como en las anteriores la inmensa mayoría contestaría que sí, que hay más clientes interesados. Todos están por la labor de desenvainar el farol como táctica negociadora. Es obvio que el farol está trufado de mentira, ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-4975" title="farol1" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/04/farol1.jpg" alt="" width="531" height="354" />En el curso especializado de Negociación Estratégica que impartimos en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla lanzamos un caso hipotético para preguntar a los alumnos sobre el uso del farol en una situación concreta. Les proponemos lo siguiente: «Llevas tiempo intentando vender un inmueble, pero el mercado está muy parado y no hay clientes dispuestos a comprar. Un día te llama una persona. Quedas con ella para ver el piso. En un momento del encuentro, te pregunta si hay otras personas interesadas en su compra. No hay ninguna oferta por ahora, pero esa es una información que no te gustaría compartir porque crees que te perjudica. ¿Qué responderías?». Tanto en esta edición del curso como en las anteriores la inmensa mayoría contestaría que sí, que hay más clientes interesados. Todos están por la labor de desenvainar el farol como táctica negociadora. Es obvio que el farol está trufado de mentira, porque la mentira es una deformación de la información, o la fabulación de narrativas desconectadas de la realidad, con el objeto de modificar la voluntad de un tercero. Algunos alumnos comentan que dar una información que no es del todo cierta pero tampoco errónea no es mentir, lo que en la literatura de la negociación se entiende como dar una respuesta técnicamente verdadera pero que induce a un paisaje equívoco al que la recibe.</p>
<p>Bazerman y Malhotra en su revelador y muy recomendable libro <em>El negociador ideal</em> (Empresa Activa, 2013) se preguntan cómo convivir con la posibilidad de que la mentira emerja en estos procesos. El farol está admitido como táctica entre los actores que se involucran en un microcosmos negociador, pero es innegable que su arquitectura utiliza una mentira cuya salida a la superficie puede deberse tanto a una omisión como a una perpetración. La buena noticia es que se puede disuadir a que la empleen con nosotros. Existen eficaces medidas preventivas, mecanismos de frenado, pautas que exorcizan la mentira. Basta con hacer las preguntas adecuadas en el momento oportuno, demostrar que estamos bien informados (o parecer que lo estamos, lo que sería rizar el rizo, un farol inhibe a otro), que conocemos los estándares del mercado, y que por tanto nuestro sistema de detección de mentiras está bien afinado, para levantar un rocoso dique de contención.  Ahora bien, dicho todo esto, hay que recordar que la mejor pauta es la sinceridad porque invita a la conducta recíproca. Ser sincero aumenta aritméticamente las probabilidades de que lo sean con nosotros. No serlo aumenta geométricamente que tampoco lo sean con nosotros.</p>
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		<title>¿Es buena idea dejarlo estar?</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Apr 2013 08:49:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Josemi Valle</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mercado de ideas]]></category>
		<category><![CDATA[comunicación]]></category>
		<category><![CDATA[conflicto]]></category>
		<category><![CDATA[miedo]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdo que en los foros de un curso sobre conflictos uno de los participantes se quejaba de que muchas veces se opta por no decir las cosas que nos molestan.  Se decide dejarlas correr, dejarlas estar, aceptar esa máxima del refranero que prescribe «mejor no meneallo». Dejarlo correr puede ser una medida muy inteligente y eficaz o una medida estulta e incendiaria según el contenido, el tamaño y la intensidad de lo que nos molesta.  Soltar un improperio por una banalidad que dentro de diez minutos habremos olvidado es un comportamiento poco inteligente,  que puede originar un conflicto mayor que el que se desea corregir (al margen de que la repetición sincopada de fricciones de bajo coste posee un altísimo poder corrosivo en las interacciones cotidianas),  pero también denota poca inteligencia o mucha pusilanimidad callar cuando algo nos zarandea emocionalmente, atenta contra nuestra autoestima y comienza a larvar un nido de agravios. El ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-4968" title="pensando2" src="http://www.negociaccion.net/blog/wp-content/uploads/2013/04/pensando2.jpg" alt="" width="536" height="219" />Recuerdo que en los foros de un curso sobre conflictos uno de los participantes se quejaba de que muchas veces se opta por no decir las cosas que nos molestan.  Se decide dejarlas correr, dejarlas estar, aceptar esa máxima del refranero que prescribe «mejor no meneallo». Dejarlo correr puede ser una medida muy inteligente y eficaz o una medida estulta e incendiaria según el contenido, el tamaño y la intensidad de lo que nos molesta.  Soltar un improperio por una banalidad que dentro de diez minutos habremos olvidado es un comportamiento poco inteligente,  que puede originar un conflicto mayor que el que se desea corregir (al margen de que la repetición sincopada de fricciones de bajo coste posee un altísimo poder corrosivo en las interacciones cotidianas),  pero también denota poca inteligencia o mucha pusilanimidad callar cuando algo nos zarandea emocionalmente, atenta contra nuestra autoestima y comienza a larvar un nido de agravios. El uso del silencio o el uso de la palabra requieren de una evaluación preliminar de la situación y  de una toma de decisión acorde y proporcional con las demandas del contexto. Me atrevo a señalar que discernir qué es lo más propicio en ese instante casi trae embrionariamente la resolución del propio conflicto.  Ahora bien, si uno desea hablar y no lo hace por miedo, está  metiéndose en una horripilante zona pantanosa.  Podemos formular este escenario como una ley de Murphy: «Una información que no se comparte por miedo a generar un conflicto mayor tenderá a desplazarse con toda su fuerza hacia el conflicto originario multiplicando el daño que en un principio se trató de evitar».</p>
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